VIVIENDO EN RIESGO

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VIVIENDO EN LA SOCIEDAD DEL RIESGO

Ante el panorama de tintes apocalípticos, derivado de los acontecimientos de la naturaleza -huracanes, sismos, inundaciones, incendios, etc.- a la par de los daños materiales y pérdidas de vidas humanas que dejan tras de sí, resulta conveniente analizar el estado actual de la sociedad, es decir, una sociedad vulnerable, expuesta perpetuamente al peligro inminente, bajo la Espada de Damocles. Por consiguiente, cabe preguntarse ¿Es la naturaleza la que pone en riesgo a la sociedad? O ¿Es la sociedad misma la que se coloca en situaciones de riesgo?

De acuerdo a Ulrich Beck, quien acuñó el concepto de sociedad del riesgo; la modernidad radicalizada, cuya protagonista es la sociedad del riesgo –que sustituye a la sociedad industrializada- se caracterizada por: el culto exacerbado a la tecnología, la desbordante productividad sin sentido de sustentabilidad, el consumo desmedido de recursos naturales, el desajuste en las facultades innatas del individuo –por ejemplo se magnifican las facultades “racionales” y las facultades empáticas no se potencializan-, la eficiencia no compatible con el medio ambiente, la falta de respeto hacia la naturaleza. En suma la sociedad del riesgo, es una suerte de entelequia sustentada en el dominio de la naturaleza, embriagando de soberbia al ser humano, y cegándolo de las consecuencias de su actuar sobre el medio ambiente.

Explicar la sociedad del riesgo, así como los contra-efectos de su intervención desmedida en la Tierra, es una tarea colosal, que emprendieron algunos teóricos como Ulrich Beck, Ivan Ilich, y Hans Jonas entre otros; desde luego aquí no se pretende adelgazar sus planteamientos. Sino más bien introducir al lector a su pensamiento y sobre todo hacer visible el puente entre el estudio de la sociedad del riesgo y el derecho ambiental (bajo el atalaya del principio de responsabilidad.
La toma de conciencia respecto al medio ambiente es urgente, -bajo el riesgo de caer en antropocentrismo- porque a todos nos debe importar nuestro hábitat o sea la Tierra, ya que eso conlleva nuestro futuro, y en muchos casos la integridad corporal de todos. Para muestra varios ejemplos: los derrumbes de construcciones –en los pasados sismos- edificadas sin el cuidado apropiado en terrenos riesgosos por sus cualidades lacustres o arenosas como Villa Coapa o la Roma, cobró varias vidas –lamentablemente- porque la acción desmedida sobre la naturaleza puso en un estado de vulnerabilidad a las personas; los constantes monumentos al concreto tapizados por asfalto, que sacrifican áreas verdes por estacionamientos o centros comerciales –a donde muchas personas acuden diariamente a evadirse- ha producido desertificación, lo que impide la absorción de agua por los mantos freáticos, desencadenando inundaciones, además de privar a la tierra de liberar energía, misma que se acumula sin cesar y contribuye a los movimientos sísmicos. La contaminación de agua potable para teñir ropa, que muchas veces se usa seis meses y se tira. El consumo exacerbado, produce toneladas de basura, de ahí los tiraderos clandestinos que son un foco de infección para toda la población y que de paso tapan el drenaje de la ciudad. La contingencia ambiental por el uso exacerbado del auto.

La lista es interminable, como también el cálculo del daño y del impacto ambiental, si bien es cierto que por sanidad mental no podemos vivir entregados a la paranoia o al tejido mental de catástrofes, -estilo tejido de Penélope. También es cierto que, es urgente que el ser humano desarrolle conciencia sobre cómo inciden sus acciones en la Tierra, pues entre más inconscientes sean las acciones de todos, más nos ponemos en riesgo, más vulnerables somos y más catástrofes habrán, porque el Apocalipsis vendrá de la mano del egoísmo e inconsciencia del ser humano.

Es triste que el derecho ambiental esté aún en ciernes en México, que conceptos como daño ambiental, equilibro ambiental y desarrollo sustentable sean vistos como un catálogo de buenas intenciones y no como una necesidad. Dentro del gremio de la abogacía es visto como algo un tanto cuanto inalcanzable, y la mayoría de los estudiantes de Derecho no lo toman en serio, porque su didáctica es inadecuada, en este caso conviene evidenciar catástrofes y no leer artículos de la Ley General de Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente que no contribuyen a sensibilizar y que hacen más inalcanzable a la materia. Y no solo es tarea del derecho ambiental sino del Derecho en general, porque el thelos debe ser prevenir, por eso el cumplimiento de los reglamentos y leyes es apremiante -ya lo vimos con las inundaciones y derrumbes. Propiciar el principio de respeto que se traduce en un actuar con mesura y con miras en las consecuencias a futuro debe imperar no solo como una realidad jurídica, o aspiración ética sino como un modos vivendi de la sociedad en general.

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