LAS DIETAS DE ENERO

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La primera semana de enero es propicia para reflexionar sobre nuestra frívola manera de vivir. Apenas brincamos el año nuevo, hacemos planes para cambiar hábitos, nuestros malos hábitos con los que solemos estar encariñados y que mal que bien hacen lo que somos, entre estos, de régimen alimenticio.

Por la cruda moral que nos carga por la excesiva ingesta de calorías que dimos cuenta el mes de diciembre, pretendemos con el cambio de pensamiento y buenos deseos bajar esos kilos de cebo acumulado al derredor del vientre y en otras latitudes de nuestra vanidosa anatomía.

Así, con cuatro tallas de más hacemos propósitos para tirar todo el lastre y modificar la forma de comer…, aunque siempre se atravesará un paréntesis para los tamales y el champurrado del 2 de febrero y otras festividades que en nuestra poco sana alegría, celebramos empacando pecaminosamente.

La semana pasada, en un desayunadero donde venden gorditas de guisados, tres señoras sentadas junto a la mesa donde yo estaba, hacían planes. Se ponían de acuerdo para cambiar el menú. De entrada, pidieron cuatro gorditas cada una, “con mucha lechuga y tomate”, exigieron. Yo no me quedé atrás y también ordené cuatro, dos de chicharrón, una de huevo con machacado y otra de picadillo con papas.

–¿Fritas en aceite? –preguntó la señorita que me atendía.

–Solo las de chicharrón –respondí.

Mientras traían el almuerzo, una de las señoras comentaba con sus compañeras un libro de dietas que le dieron en la escuela para tratar de vivir sanamente, después de leerlo y hacerle caso.

Les presumió haberlo leído en un mes, en diciembre. Les dijo que el autor del libro, recomendaba “ingerir dos amigos por cada enemigo”, así lo ejemplificó, “si comes dos huevos, que son amigos, puedes comer tantitos frijoles que son enemigos”. Hizo mención que para el autor de tan ingeniosa y belicosa obra, los frijoles y las tortillas, son alimentos dañinos: “si comes dos huevos que son amigos y frijoles que son enemigos, no debes comer tortillas ni pan, porque son enemigos”, enfatizó.

Luego les habló sobre los testimonios de personas que también leyeron el libro y que les cambió la vida, de acuerdo a las versiones, estas personas siguieron las instrucciones del libro al pie de la letra y ahora son gente prospera, radiante de felicidad y salud… Y envidiablemente flacas.

Me imagino que los testimonios a los que se refería fueron publicados en posteriores ediciones al mentado libro, lo cual indica que esa obra literaria ha sido un éxito en ventas… como la mayoría de los de su clase.

Por más que pretendía conocer el nombre del manual del comilón, nunca lo mencionaron, solo alcancé a escuchar que les fue otorgado por la Secretaría de Educación por parte del Gobierno para que cambiaran sus rutinas gastronómicas. O el Gobierno ve una sociedad obesa y enferma, o el Gobierno quiso ayudar a un nutriólogo con aspiraciones de escritor, porque la mujer comentó que el libro lo regalaron en todas las escuelas como quien regala estampitas.

Lo que más me extrañó de la dieta que recomienda el nutriólogo metido a escritor, es que diga que los frijoles son enemigos y que las tortillas de maíz también. ¡Caramba!, por siglos los frijoles y las tortillas de maíz han sido la base de la alimentación de los mexicanos, de los flacos y de los no tanto.

Desde antes de que Colón llegara a lo que hoy es América, la gente se alimentaba de tortillas de maíz hechas en metate y frijoles recién salidos de la olla de barro; durante la Revolución la soldadesca era alimentada con frijoles y tortillas, la carne era destinada para los generales. En las cintas de la Revolución, los maltrechos seguidores de mis generales Villa, Zapata, Obregón y Carranza, no se ven gordos, más bien, nuestros ancestros revolucionarios se ven flacos.

Pocas veces se ve en las películas algún hombre panzón, por lo regular los bien alimentados eran los hacendados y los políticos, caminaban poco, andaban siempre arriba del caballo o de los carretones. Los peones de a pie no padecían diabetes ni hipertensión arterial, enfermedades éstas surgidas por la comodidad del uso del automóvil y por el milagro económico de finales del siglo pasado.

El maíz, considerado por los antiguos mesoamericanos como un regalo de los dioses para alimentar a los pueblos, ahora dicen que es enemigo, y los frijoles, planta que ha crecido por siglos a la sombra de la mata de la mazorca y se enreda en ésta en esa fusión inseparable en las parcelas y en la historia gastronómica nacional desde la época precolombina, son enemigos del hombre, son veneno. Ahora, la moda que traen los nutriólogos, es comer poquitos frijoles y poquitas tortillas.

Los frijoles han estado presentes en toda la historia de nuestro país, por ejemplo: dicen que don Benito Juárez, dos días antes de morir comió frijoles con vino tinto y pan de pulque (esta sí: mortal combinación).

Otro personaje que murió en un banquete antes de comer frijoles fue mi general Álvaro Obregón, mientras los jilgueros de la época le cantaban al oído una tarde de julio de 1928 en La Bombilla, lentamente se le acercó Pepe de León Toral con la excusa de mostrarle unos grabados, el general pidió a los demás comensales para acompañar el suculento cabrito que se sirvió en su honor, “unos frijolitos”, pero se les adelantó el tirador y le sorrajó unos plomazos al Presidente electo, echando a perder la comida y matando al homenajeado, pero esa es otra historia, una de triste final, diferente. Esperamos de su buen propósito de llegar a ser tan delgado como lo desea.

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