MÉXICO EL PAÍS DONDE LA VIDA NO VALE NADA

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En México la violencia se ha normalizado tanto, que es lo que menos preocupa a las autoridades, tenemos cifras deleznables y perversas: 4 niñ@s desaparecidos por día, 3 niñ@s asesinados por día, 7 feminicidios al día, 77 homicidios al día, y 248 delitos al día son cometidos (de los que tenemos denuncia), en 2016, 274 mil hectáreas de bosques, 7 de cada 10 perros sufren maltrato y mejor ya no le seguimos. Tal parece que la proclama es el culto a la muerte, al tánatos, y no a la vida. Hoy quiero hablar sobre la pérdida de humanidad, no sobre normas jurídicas, sino la raíz de un pensamiento que festeja la violencia y la muerte, para ello retomaré las ideas de Claudio Naranjo quien establece lo siguiente:
“Llamaré mente patriarcal, o, si se quiere, ego patrístico para referirme a ese complejo de violencia, desmesura, grandeza e insensibilidad que parece haber surgido entre los hombres ante la crisis de supervivencia que sobrevino hará unos 6000 años.
Al decir que una “mente patriarcal” subyace al problema patriarcal de la sociedad, he caracterizado a ésta, hasta ahora, como una sociedad en que las relaciones de dominio-sumisión y de paternalismo-dependencia interfieren en la capacidad de establecer vínculos adultos solidarios y fraternales; o, para decirlo de otra manera, una sociedad en la que el hambre de amor materno y paterno llevan a la mayor parte de las personas a una dependencia afectiva y una obediencia compulsiva que no sólo son enajenadoras sino que constituyen distorsiones, falsificaciones y caricaturas del amor (Naranjo, 2011).”
La falta de consideración moral hacia el medioambiente, hacia otros seres vivos, y hacia nosotros mismos como especie, se debe en gran medida a la mente patriarcal; antropológicamente la psique patriarcal, se afianzó con la Revolución Industrial y con la instauración del capitalismo como forma de producción, lo que cristalizó en las formas de relacionarse socialmente y con el entorno. La mente patriarcal se basa en las relaciones de dominio-sumisión, alimentadas por la violencia, la tiranía de la razón sobre el sentimiento y el autoritarismo. En esa línea de pensamiento, el patriarcado, no comprende el amor, ni la consideración por los otros, no negocia, sino que impone, y se expande sin medida, debido al ansia de competir y ganar.
Lo que abrevó en las éticas antropocéntricas, en este caso el discurso moral y ético quedaba sujeto a las necesidades de la mente patriarcal, que solo reflexionaba entorno a los seres humanos. Porque la mente patriarcal no cuida, ni atiende, sino que domina y destruye, y se legitima a través de ideologías que separan y rinden culto a una sola existencia.
Desde otro punto de vista, podemos comprender la mente patriarcal como un desequilibrio entre el amor instintivo, orientado al goce, el amor bondadoso y empático hacia el prójimo, y el amor-reverencia, cuya expresión ordinaria es el aprecio y forma máxima la adoración.
Esta introyección cultural, amputó la empatía de los seres humanos, inhibiendo el sentimiento de orfandad y desesperanza mediante el hábito del consumo, el culto a los dioses, fue sustituido por el culto a la tecnociencia y al progreso, la fe en lo intangible, en el absoluto, se volvió una cosa medieval y el sentimiento de comunión –re-ligación- que se refleja en la adquisición y explotación de seres humanos, de animales para jornadas de trabajo, domesticarlos, deformarlos, o poseerlos como muestra de una estatus socio-económico, de biodiversidad para construir mausoleos de concreto que decantan en la explotación de los recursos o bien en ejercicios de ego como una psicoproyección del ego.
Esa actitud lleva a encumbrar en la cima a los intereses económicos, por sobre los intereses vitales, como el respeto a la vida del otro, a su integridad corporal y psíquica, incluso la preservación y el respeto del medioambiente, de ahí que sea mejor hablar de progreso –que no es sinónimo de bonhomía- y disociar a los humanos de la naturaleza, o sea del todo.
De esa manera el ser humano se desconecta del dolor, el sufrimiento y las necesidades de sus congéneres, de los animales, y del medio ambiente –que es su hogar- rompiendo la empatía con ellos, lo que acarrea su continua explotación y maltrato, pues son vistos como medios y no fines, como objetos susceptibles de dominación, sometimiento y apropiación personal, sobre los que, es válido ejercer poder…

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