TAMBIÉN ESTÁ ELLA

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Ella tiene un rostro y una vida. Ellas también. Aquella profesionista, incluso funcionaría, preparada, autosuficiente, exitosa y con personal a su cargo. De carácter firme y decidido. La otra, no terminó la secundaria ni quiso una educación profesional. Es ama de casa, aunque también exitosa en el rubro de ventas. Tímida, solitaria, pero sabe ganar dinero extra a la manutención que le da su esposo. Ambas son seguras de sí. También está ella. Desenvuelta, firme para mostrar que su pareja es otra mujer. Las tres saben manejar su vida pública, pero no la íntima. Dos cuidan hijos.

Las tres tiene el hogar bajo su responsabilidad, familia y vida no tan diferente. Sólo un estatus social-económico y académico, muestra la divergencia, pero en lo íntimo, en la vida privada, las tres padecen la misma situación y no encuentran cómo escapar de ella ni que programa o qué color de acción gubernamental puede protegerlas. Saben de esa ley, como las hay tantas, -de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia-, también de los colores sexenales en de programas que aseguran protegen -Red Naranja o Puerta Violeta- y de líneas telefónicas de ayuda. Incluso de esas áreas especiales para ellas.

De programas permanentes que aseguran protegen y también de esas medida de acción, -cárcel- no tan inmediatas y a veces hasta violentas para castigar al agresor o de aquellos talleres que instruyen para regresar el golpe. Sí, incluso les enseñan a las servidoras públicas -en el caso del Estado de México- para que conozcan ese “instrumento de seguridad y confianza, de habilidades y técnicas corporales para saber qué hacer y cómo actuar ante amenaza, conflicto o agresión”. Saben hay “Red Naranja y Puerta Violeta” ¿Y entonces, porqué las tres, y otras como ellas, todavía son vejadas? Y ¿porqué aún viven el calvario de la violencia? ¿Es culpa de ellas? Las tres, igual que muchas de diversos estratos sociales, son víctimas de sus parejas. Las tres están a merced de un hombre y una mujer que las denigra. Saben que en la actualidad, no sólo es un hombre el golpeador, el abusador, también hay ¡mujeres! Y ahí es más oculto. No entienden porqué con tantos programas, hay hombres que aún violentan cuando beben o se drogan.

Conocen que ahí, en el tema de las adicciones, también ¡Han fallado! Saben de aquel que la insulta a la menor provocación. Y de ella, que los celos la ciegan y le pega. Son tres casos, son tres circunstancias. Son tres que no saben cómo esos instrumentos las pueden ayudar para no ser víctimas. ¿Porqué soportan lo mismo? ¿Cómo evitarlo? Las tres viven igual la violencia. Sus parejas las las minimizan, las amenazan, las golpean y ¿quién las protege; quién ahí para defenderlas justo en ese momento; quién, después que ya denunciaron? ¡Nadie! Ese hostigamiento es en silencio, cuando ellas están solas. Y, ¿cómo es cero tolerancia contra la violencia? En qué momento protege cuando al llegar a casa de arduo trabajo ahí está él para insultarla. O cuando en la intimidad, ella, sí ella, se “desconecta” y comienza a ofenderla. O cuando aquella sufre porque él bebió demasiado y se drogó, y ahora, repentinamente pasa de lo tranquilo a lo violento, a la ofensa. ¿En qué momento ella toma el teléfono para pedir auxilio sin ponerse en peligro? Cómo el “Día Naranja” la protege de golpes e insultos. Cómo una “Puerta Violeta” la defiende de no ser asesinada. ¿Cómo, evita, aunque va por un “sendero seguro”, que su pareja, en arranque de celos, la jalonee, la insulte y la amenace, porque nadie ve ni oye ni hay ¡Policía! Las tres están solas con su calvario, igual que otras.

Las tres recibieron terapia; fueron a talleres, probaron todo y ¡Denunciaron! ¿Cómo? ¡Ni una más! Si los golpes, los insultos, la violencia, ¡no cesa! ¿Cómo? Si, incluso comprobaron que no las cuida ese sendero seguro ni evita sean golpeadas a pesar de ir al taller de defensa personal o tener un programa que da reflector para una funcionaria o un funcionario. Que hay una línea telefónica qué hay que marcar cuando es golpeada.

Nada las protege en lo inmediato de esa vejación verbal o física. Las tres no saben ni cómo ni qué hacer para evitar esa violencia. Ya se alejaron de ellos. Y ahora, atacan a otras. Ellas, saben que los diseñadores de programas necesitan ver en campo cómo se da esa violencia, porque quienes los elaboran, ¿sabrán cómo es esa violencia. La conocen al armar talleres o leyes, saben, han sentido o han vivido esa situación? Urge acciones decisivas, funcionales y reales para él y para ellas. La violencia es aún es secreta y la víctima no visible. La violencia es cotidiana, permanente, pero todavía ¡Subrepticia! Y en diferentes estatus.

No la evita el nivel académico, no sin acciones efectivas, inmediatas y reales. ¡No!, sólo con suposiciones. Urge reflexión y concientización. Frenar violencia es acciones permanentes y a todos niveles. Para todos los estatus. Es para alumnos, para maestros, para ¡todos!, incluso desde preescolar. Es traspasar hogares, haya o no violencia. Es no victimizar más, sino ¡actuar! Es para que él, o ella, golpeadores o no, entiendan que ¡no se lastima a nadie! Que él y ella, aún niños, sepan qué es y cómo se consigue la ¡Cero tolerancia a la violencia! Es entender que no basta la cárcel ni dejar al golpeador o golpeadora, porque tendrá otra víctima. Es frenar constante, permanente y con acciones firmes la adicción a las drogas, al alcohol. Es terapia obligada y seguimiento permanente de qué hace y dónde anda el violento para evitar otra víctima.

La violencia no se quita con empoderar a una mujer ni enseñarle a contestar el golpe -autodefensa- sino con instruir a ambos y concientizarlos sobre la consecuencias de una vida de violencia. Es un Ministerio Público o Policía que no espera a que ella o él lleguen sangrando, con evidentes golpes o con muerte, y así actuar. Es decirles, a él, sí a él, pero también a ella que es gay, que su valentía contra ellas, es cobardía y frustración. Es ayudarles a erradicar de tajo, igual que como llega la violencia. Mostrar con decisión, que es respetar, sea hombre o mujer. Y es que ellas, las víctimas, entiendan, que violencia, es ¡Violencia!

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