HISTORIAS EN EL METRO

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PEDIGÜEÑOS

Te los encuentras por todas las estaciones y en todos los rincones. Los pedigüeños son ya una tradición en el Metro. Hay una mujer, ya de edad, anciana pues, muy chaparrita, que me encuentro muy seguido en la línea 2. No sé entiende lo que pronuncia pidiendo limosna. Algo así como: me pue soccer con una meda. No faltan los remedos de cantantes invidentes que con un pequeño radio o una grabadora van por las estaciones ofreciendo su “arte” por unas monedas. Ayer me encontré a uno que cantaba con mucha emoción, pero muy destemplado: “…sí no te hubieras ido sería tan feliz…”.

Pero hay uno que me encuentro continuamente. A lo mejor ustedes también lo han visto. Sube mucho en la línea 3. Trae un bastón muy modesto de madera, sencillo. El hombre es alto, en sus cincuenta, con una gorra deslavada, pero se ve muy afectado, cuando camina, se mueve como con Mal de San Vito haciendo la boca chueca. Un día coincidió que salimos juntos de la estación, yo iba atrás de él y de pronto tres calles adelante dejó su andar y sus movimientos enfermos, se detuvo, sacó de su bolsa un paquete de cigarros, sacó uno, lo encendió y empezó a fumar y caminó normal. A la siguiente calle tomó un taxi y se fue con rumbo desconocido.

Creo que alguna vez le di una moneda, ahora ya sé que puras habas. Una noche ya cansado me abordó en la entrada de La Raza un joven pedigüeño, este no mal vestido. Vi que a todos los que pasaban les pedía dinero. No lo pude evitar. Me dijo que lo acababan de asaltar. Raro porque casi eso no pasa en esta ciudad tan segura.

Me dijo que le faltaban 60 pesos para completar su pasaje a Pachuca. Pensé en 10 segundos: yo traía 100 pesos en la mañana, me di una boleada de zapatos con Raúl, le pagué 30, me quedaron 70, compré un chocolate de 15 y me quedaron 55. Es lo que traía en la bolsa. Es que casi todo lo manejo con tarjeta, por supuesto, por eso nunca traigo mucho dinero.

Sin pensar más le di los 55 pesos y le dije: toma, ya sólo te faltan 5. Quedó muy agradecido. Me llenó de bendiciones y se despidió de mi con una gran sonrisa. Sea o no cierto lo del asalto y lo de Pachuca, es bronca de él y de su conciencia. Yo hice lo que me nació y ya. Abordé el vagón, llegué a mi destino, caminé unos pasos de la salida, agaché la cabeza unos segundos para observar por dónde caminaba y vi un billete de 100 pesos semi doblado, tirado en el suelo. Antes de recogerlo, mire para todas partes para buscar al posible dueño. No había nadie cerca. Lo tomé y me lo guardé en la bolsa. Funcionaron las bendiciones del pedigüeño.

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