LA BODA AZTECA, UN RITO SUBLIME

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MÉXICO, D.F.-El matrimonio, era un rito de los aztecas, seguía cánones establecidos. Entre los aztecas había un orden social, con pronunciados rasgos autocráticos en que “el padre es raíz y base de familia”, como dice Bernardino de Sahagún: Todo el orden social azteca descansaba en concepciones patrilineales.

Los antiguos mexicanos fueron principalmente guerreros, y adquirían ciertos derechos como la poligamia siempre y cuando se distinguieran en el campo de batalla, sin embargo, la primera mujer tenía prioridad sobre las otras.

El divorcio era válido cuando la mujer fuera estéril o descuidaba sus deberes. La mujer lo solicitaba cuando él no sostenía a la familia o la maltratara físicamente.

La mujer, al casarse, pasaba de su Calpulli al de su marido, y si enviudaba y tenía hijos, generalmente se casaba con ella el hermano del muerto, de manera que se quedaba en su nuevo Calpulli.

Divorciada podía casarse con cualquiera.

Los aztecas, además de belicosos, eran muy religiosos, todos sus actos ponían de manifiesto, incluso en el matrimonio; acto religioso considerado como “un lazo indisoluble” si se cumplían los requisitos, y que en cambio si no, carecía de validez.

La edad para el hombre era a los 20 años y para la mujer, 16 en adelante. Los padres concertaban el matrimonio. Los del novio solicitaban a la muchacha.

El primer intento debía obtener siempre una respuesta negativa en actitud de dignidad; en el segundo se aplazaba la respuesta hasta consultar la voluntad de la novia que generalmente obedecía lo ya decidido por los padres.

Obtenido el consentimiento se fijaba el día de la boda, al llegar la novia era conducida con gran pompa, entre música y alegría, a la casa del novio.

El novio y sus padres la recibían con incensario en las manos, rodeados de personas, él la tomaba de la mano y la conducía a la sala para llevar la celebración.

Los novios se colocaban en un tapete bordado con primor cerca del fuego. El sacerdote ataba sus vestidos y éstos, tomados de las manos, daban vuelta siete veces alrededor del fuego quemando incienso, con plegarias a los dioses.

Durante el banquete; los esposos se daban de comer mutuamente sentados en medio de la habitación. Los novios permanecían en la pieza cuatro días, entregados a la penitencia y al ayuno y orando a los dioses.

Los sacerdotes preparaban los lechos. El del novio se adornaba con plumas y el de la novia con una piedra preciosa. La fiesta terminaba con regalos para los invitados. Del trabajo de Raquel Sagaón Infante.

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