VIOLETA DEL ANÁHUAC

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“CHILAPA”

 

Chilapa es una de las poblaciones más antiguas del territorio que hoy ocupa el Estado de Guerrero. Está ubicado en la Montaña baja, en una zona nahuatlaca, rodeado de historias fantásticas, de telares, de tener el Tianguis prehispánico más antiguo, de contar con una Catedral cuyo Obispado fortaleció los lazos culturales de la ciudad para convertirla en la Atenas del Sur. Hasta que la “levítica ciudad” como la definiera el cantante Héctor Cárdenas fue presa de la ambición. Pierde el Tianguis prehispánico que se ubicó durante décadas en la plaza central para ubicarlo como un mercado más en la ruta de comunicación con la Montaña Alta, cómodo tal vez, pero sin la esencia con que surgió, ni la esperanza que representó para el trueque y la venta de los productos que los pueblos originarios producían. Dejó de ser motivo de filmación, e hizo que la propia administración pública trabajara los domingos para facilitar los trámites y descansara los jueves. Una costumbre que se hizo ley.

Chilapa se llenaba de cantos entonados por las jovencitas y los jóvenes que acudían, desde los prestigiados internados con que contaba la ciudad, los días domingos a la celebración religiosa en la Catedral de estilo neogótico dedicada a la Virgen de la Concepción, y se sumaban a las voces de los Seminaristas haciendo de la Misa de 11, una gran fiesta que culminaba, a las 12 del día, con la apertura de su reloj electrónico que muestra el pasaje de Juan Diego a Fray de Zumárraga desplegando su tilma con la imagen de la Virgen de Guadalupe de la que caían rosas hasta el atrio donde la población las buscaba.

La vida social llenaba los restaurantes que servían para los almuerzos pozole en grandes cazuelas familiares, o un gran plato de fiambre (carnes de res, cerdo, pollo) servido en una base de lechugas con aderezo dulce. Pan, chocolate, café, jugos, frutas, nieve de leche que hacían la delicia de tod@s mientras se hacía el “mandado” recorriendo el tianguis.

Dos partidos marcaron cambios. Un edil del PRI reubicó el tianguis, y la leyenda urbana atribuye a un edil del PRD como el tiempo en el que empezó la violencia. No hay más cantos de jóvenes pues la propia inseguridad y violencia contra las monjas que atendían esos centros, llevó al cierre de los mismos. Hay familias que tras abrir sus puertas a estudiantes han sido desplazadas de sus hogares sin poder denunciar so pena de perder no solo el patrimonio, sino también la vida. Los cantores no han compuesto nuevas melodías, ahora caminan por las calles en marchas con la exigencia del cese de la violencia, de la búsqueda oportuna para dar con el paradero de los desaparecidos, de búsqueda de la verdad, de justicia, de paz. Los propios políticos se han alejado de su ciudad, y aunque trasciende que, por amenazas, no hay registros que permitan tomarlos como fuentes. El silencio es el mejor elemento para preservar la vida.

El nombre de Chilapa ya no se relaciona con la cultura, y aún cuando sigue siendo para l@s guerrerenses una oportunidad de visita, de compra de productos de palma, de ropa típica, de acompañarlos en su “Tigrada” el 15 de agosto para petición de lluvia, de acudir a su Catedral que estuvo entre las cuatro más importantes del país, de saborear su pan o su nieve, el miedo se percibe.

Si. Chilapa ha cambiado, tiene el riesgo de sucumbir aún más. Como las grandes civilizaciones donde las preguntas se quedan sin respuesta para conocer las razones de su caída, aquí sí las conocemos, Chilapa no está siendo vista como un centro cultural, sino como un punto que enlaza la Montaña Alta, que es una vertiente para acudir a las zonas náhuas de Acatlán y Zitlala, que tiene dos caminos para transitar hacia Chilpancingo, uno de los cuales menos transitados, lleva el recorrido del Río Azul. Chilapa está en la boca de muchos, en la foto de muchos, pero vuelve a quedarse sola y sin respuestas, solo en el frontón de la Catedral la imagen de San Miguel Arcángel en lucha contra el mal, parece convocar a no dejarse vencer.

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