SUPONIENDO, SIN CONCEDER

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Mediante el comunicado de prensa número 251/20, de 21 de mayo de 2020, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) da a conocer los resultados de la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental (ENCIG) de 2019, en la que se indica, entre otras cosas que: “El 47.2% de la población de 18 años y más en zonas urbanas se encuentra satisfecha con los servicios públicos básicos y bajo demanda”, entre los cuales se indican servicios que proporciona el Estado. En términos paroxistas diríamos que la mayoría de la población en México no está contenta o satisfecha con los servicios que proporciona la 4T como gobierno. En términos oficialistas no es necesario insistir puesto que ya lo señala el INEGI: El 47.2% de la población se encuentra satisfecha con los servicios públicos.

Ello tal vez denote simplemente una opinión subjetiva de los usuarios de los servicios públicos, y como tal la polarización que se vive en México: los que están a favor del gobierno, la mitad aproximadamente según dichos datos, y los que están en contra, la otra mitad, simplemente por cuestión ideológica o por principio, recordemos que los mexicanos tenemos como principio casi sagrado oponernos a todo aquello que tenga tufo de gobierno, es casi casi un deber patriótico.

No obstante, los resultados del INEGI no se deberían leer en esos términos, ¿cómo que a favor o en contra?, sin embargo, es correcto hacerlo en la medida de que dicho instituto también mide cuestiones subjetivas o de opinión, por ejemplo, el número de personas que cree o ha escuchado que existe corrupción (¿en México?). Para estos creyentes o escuchas –chismosos, pues- la corrupción en México sigue a la alza, en virtud de que para ellos –recordemos que son los que creen o han escuchado-:

En 2013 (con Peña Nieto como presidente), por cada cien mil personas 47,604 creyeron o escucharon que en los trámites que realizaron había corrupción; en tanto que, en 2015 (Peña Nieto) el número de creyentes o escuchantes aumentó, por cada cien mil personas, a 59,713. Aumento que el INEGI considera estadísticamente significativo, con relación a la medición anterior. Para el 2017 (último año de medición de la era Peña Nieto) los creyentes y escuchantes de la corrupción volvieron a aumentar, en términos del INEGI, significativamente, pues pasaron a ser 61,983 por cada cien mil habitantes.

En el primer periodo de medición, que es concretamente el que se da a conocer, pues los otros datos ya existían, del presidente López Obrador no existió un cambio significativo con relación al último periodo medido del peñanietismo, así se lee en términos oficialistas, pues el número de creyentes y escuchantes de corrupción en sus trámites arrojó que por cada cien mil personas 62,084 creyeron o escucharon de la existencia de corrupción. En términos no oficialistas se podría decir, sólo lo sugiero, que la corrupción sigue tan campante, ella sí sigue gozando de cabal salud, pues aumentó con el Lopezobradorismo, pero nomas poquito se podría espetar.

Ahora bien, si queremos ser neoliberales también se podría decir que entre la primer medición de la percepción de corrupción del periodo de gobierno de Peña Nieto y la primera medición del periodo de gobierno de López Obrador la corrupción creció –en la percepción, insisto- de forma más que significativa –parafraseando al INEGI- pues pasó de 47,604 personas que creyeron o escucharon que en los trámites que realizaron había corrupción en 2013 a 62,084 personas que en 2019 creyeron o escucharon de la existencia de corrupción en sus trámites.

En este punto desde la mirada de los neoliberales se podría decir que la corrupción creció como nunca con la llegada de Bartlett y compañía al poder, o tal vez a eso se refiera la percepción y en realidad la corrupción haya descendido. Veamos que dice el INEGI al respecto.

El INEGI no solamente midió la percepción (escucha y creencia) sino que además realizó encuesta entre receptores o demandantes de los servicios públicos y encontró, para mi sorpresa, que la corrupción no solamente no se ha detenido sino que como el desierto lo único que hace es crecer, pues pasó de una tasa (por cada cien mil ) de 14635, de la medición de 2017 (última medición del peñanietismo), a una tasa de 15732 (en la primer medición del lopezobradorismo), aumento que, en los propios términos reportados por el INEGI, dicho organismo considera significativo, pues así lo indica en su informe. Desde luego, de la primera medición del periodo del presidente Peña Nieto con relación a la primera medición del presidente López Obrador –según reporta el INEGI- mejor ni hablar, pues pasó de una tasa de 12080 en 2013 a una tasa de 15732, por lo que podemos afirmar que como el desierto, lo único que hace la corrupción en nuestro país es crecer.

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