INVADIDO POR LA ARROGANCIA, ERA OTRO MOCTEZUMA

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Fue un cambio brutal el de su personalidad; su espíritu había sido invadido por la arrogancia, era otro Moctezuma, no aquel virtuoso, humilde y gran guerrero que todos habían conocido.

Dictó la orden a su más cercano colaborador: de disponer su atuendo y de no repetirlo jamás, desde sandalias, brazaletes, orejeras y hasta su vestimenta, los cuales deberían estar a un lado de su cama para utilizarlos.

Así también que los cocineros deberían tener en cada tiempo de comida cuando menos 400 platos de alimentos y manjares, que nunca se repitiera el mismo recipiente del que consumiera el contenido y que cada platillo destinado para él, contara con brasero para mantener caliente el contenido.

Al sentarse, largas filas de sirvientes tendrían que pasar con cada platillo, y hay de aquel que osara verlo, cerrarían los ojos al presentarle el alimento y cuando decidiera cuáles deberían servirle, lo señalaría con una varita de oro.

Un ejército de veloces jóvenes, que se relevarían cada determinada distancia, traería diariamente, desde el mar del oriente, los más variados tipos de pescados, en vasijas con agua para que llegaran vivos a la capital del reino y se guisaran para el soberano. Su platillo favorito era la sopa de lenguas de canario.

Otra orden que dictó más cercano fue que todos los sacerdotes que lo rodeaban deberían emplear para él, los siguientes términos: Tlatoani que quiere decir señor, Natlatoani, que quiere decir “señor mío”; o Hueytlatloani, o sea, “gran señor”, además bajarían la cabeza ante él y se retirarían sin darle la espalda…

Cuando consumía los alimentos, diversos grupos de bailarines, bufones, acróbatas y músicos deleitaban el momento.

El soberano poseía varias casas de descanso las cuales contaban la más variada colección de aves, fieras y personas con severos defectos físicos, como contrahechos, enanos, gigantones y albinos, entre otros.

Además, un gran número de concubinas, y se paseaba complacido observándolos, en tanto los fenómenos cerraban los ojos y bajaban la cabeza. Para el cuidado de estas estancias se ocupaban más de 600 hombres. FUENET, Libro Cuauhtémoc Conquistador-

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