“Ustedes no juegan fútbol, sólo patean el balón”

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La semana pasada escribí sobre algunas de mis impresiones de mi relación con varios de los daneses, con los que he tenido la oportunidad de interactuar. El ingeniero danés que conocí hace más de 40 años, en la planta de Cementos Mexicanos en Torreón era muy observador y se interesaba por muchos de los aspectos de nuestra vida. En varias ocasiones, después de la jornada laboral, se acercaba con los trabajadores que se quedaban a jugar fútbol en un campo sin pasto ubicado adentro de la planta. Les preguntaba: ¿Quién los entrena? Al saber quién era el entrenador, lo cuestionaba ¿dónde se había capacitado para ser entrenador? ¿en qué escuela de entrenamiento deportivo se formó? ¿cuál era el plan de estudios para un entrenador? El “obrero-entrenador” le respondía que no había asistido a una escuela para formarse como entrenador. Que él jugaba fútbol, y jugando aprendió; y que ejercitándose en los llanos le permitió capacitarse para entrenar a su equipo, sin tener que asistir a la escuela.

 

 

 

Eso desconcertaba al danés, pues en su país para ser entrenador de fútbol había que ir a una escuela, no a la “escuela” de la vida o a la de los llanos. El asombro era mayor, ante la respuesta a sus preguntas: ¿si se lesionan quién los atiende? ¿en qué escuela estudian? Los jugadores señalaban al “sobador”. El danés le preguntó: ¿eres enfermero o médico? La respuesta era: “no, soy sobador, y aprendí a sobar, aquí jugando. Me enseñó otro sobador. Si se lesionan les aplico algún ungüento y los vendo para alivianarlos”. Asombrado preguntaba: “entonces, ¿tampoco fuiste a una escuela?”.

Y enseguida preguntó: “¿Y quién es el árbitro?”. Cuando se lo presentaron, le preguntó, en qué escuela había estudiado arbitraje. Y para su sorpresa, había aprendido en los llanos. Y siguió escudriñando: ¿y el manual de las reglas del juego? El “árbitro” le contestó: “¡no tenemos!”. Pero le puedo platicar las reglas, me las sé de memoria. Las había aprendido jugando en el llano. En concreto no había entrenador, ni médico deportivo, ni árbitro que hubieran estudiado en alguna escuela. Y pues es lógico deducir que tampoco los jugadores recibieron formación deportiva. Ni había cuerpo técnico que dirigiera al equipo. Ni estrategia de juego. Sólo esperar que la Virgencita de Guadalupe los guiara por la senda del triunfo. La conclusión del ingeniero danés fue lapidaria: “no juegan fútbol, sólo patean el balón”.

Mi yerno tiene una carrera profesional, es ingeniero, y su mejor amigo es albañil. Él se formó en la escuela para ese oficio. Son carreras de cuatro años. Para sorpresa de muchos, no hay grandes diferencias entre sus niveles de ingresos. En México, en cambio, un ingeniero civil tiene una gran diferencia de ingresos con respecto a un albañil. En Dinamarca un electricista o un carpintero también reciben educación por cuatro años. La formación educativa y la certificación de competencias y habilidades laborales son un gran mecanismo de igualdad social. A ello también contribuye que el que gana más, paga más impuestos, y el que gana menos, aporta menos impuestos. Dinamarca tiene también un sistema de formación profesional para adultos, desde 1960. Son escuelas superiores populares, que ofrecen cursos intensivos no formales, incluyendo especializaciones deportivas. Es un país donde se dignifica la vida con educación. No importa el rango, todos tienen oportunidad. Además de la cultura de la educación formal, tienen otra cualidad: la honestidad.

En los pueblos vecinos que visitamos en el campo, alrededor de Odense, Dinamarca, observamos que en las pequeñas granjas los agricultores venden sus productos agrícolas recién cosechados afuera de sus propiedades. Es muy común encontrar verduras, papas y fresas de temporada. Exhiben en un mueble sus productos con los precios respectivos, y en un recipiente aparte, la gente que compra algún producto deja el monto correspondiente o deposita en la cuenta indicada. Ofrecen sus productos a la comunidad en general, que transita por esos lugares no necesariamente a sus conocidos. Son una especie de puestos autogestionados (el cliente paga y toma sus productos) basados en un sistema de honestidad. Cada quién se despacha solo, hace sus pagos, sin que nadie los observe, solo su conciencia. No hay robos, ni agandalles. Por eso son el pueblo más honesto del mundo y uno de los más educados.

Salvador Hernández Vélez

 

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