¡MAESTRO!

Por:

Jamás habrá alumno y padres de familia, sin ¡Maestro!
Aquel, aquellas del respeto, incluso de los temores. De la disciplina.
Del que jalaba las patillas, propinaba reglazos o aventaba inesperadamente el borrador.


El que te mandaba a la dirección o hasta te pegaba el chicle en el cabello.
Sí, aún cuando fueras una niña, algunos tenían sus excesos de profesor.

Maestras o maestros, temidos y a la vez admirados, respetados y muchas veces queridos.
Mentores de entrega profesional.

De vocación, que aún con preferidos, no los tachaban de discriminar.

Era ese maestro o maestra que ponía orden, y no se les insultaba.

El que aplicaba reglas, como cambiarte de pupitre por platicar y no poner atención a sus lecciones.

Aquel que ponía sellos de miedo o de orgullo, sin temor a la queja de un padre ni llamada de atención o sanción por abuso.

Eran profesores que no les tembló la mano para marcar tu cuaderno con esa imagen que te comparaba con un animalito.
Un burro de ¡No cumplió con la tarea! O un oso, de ¡No trabaja!

Hasta ese cerdito, que te etiquetaba ante los demás por ¡Desaseo!
Un perico por platicar ¡Demasiado! Y en ¡Clase!

Un gallo o una tortuga por puntual o impuntual.
Incluso, el diablito por ¡Mala conducta!..

Maestros que ejercían autoridad, sin nadie que los amenazara de acusarlos de acoso o violencia.
Maestros o maestras, que se ¡Respetaban! Aún en sus exceso.

Eran ellos, quienes resolvían el acoso, los golpes en el salón, sin enviarte al sicólogo o exigir de tus padres una carta de recibir terapia.

Mis recuerdos de aquella época escolar son vagos, aunque sé que hoy es diferente.
Ni alumnos respetuosos ni muchos profesores con la entrega de antaño para educar.

Hoy, no hay disciplina. Hay insultos y hasta golpes contra profesores.
¡Que añoranza de época! Aquella que llega a mi mente de esa escuela de fachada azul frente al cine “Fausto Vega”, en Iztapalapa.

Esa, a la que en mis escasos siete años le lloré al dejar porque nos cambiábamos de casa y de lugar.

Han pasado 51 años de ese primer colegio y todavía disfruto escuchar la marcha Aréchiga, hoy de Zacatecas que sonaba en el patio cuando íbamos rumbo al salón.
Tengo tan fresco ese canto a la bandera, y la formación para rendir honores al lábaro patrio y cantar el himno nacional.

Aún recuerdo a la maestra, siempre sonriendo. No olvido durante el trayecto de mi formación educativa, esos pasajes agradables de mis maestros.
La mayoría hombres que me formaron hasta con carácter.

Como Pedro, mi profesor de quinto año, que zangoloteaba a compañeros por abusar de las niñas.
Al maestro de sexto año de primaria, Roberto, que a todas nos gustaba y nos sonreía, sin malicia.

Que tenía entrega para trabajar en improvisadas aulas de lámina de cartón, y así, impulsaba la ética, el civismo y ¡Valores!
Y cómo olvidar esas manualidades para el “Día de la Madre”.

Eran momentos de acercamiento fraternal maestro/alumno.
No comercializaban la educación ni mercantilizaban el aprendizaje.

Era entrega, aún con miserables sueldos y pésimas condiciones laborales.
Anteponían la ¡Pasión para educar! Aún injustos en su actuar, como en aquella

secundaria 86, también de Iztapalapa.
Ahí, había jaloneos de prefectos contra alumnos que no tenían respeto en la ceremonias.

A pesar del exceso de disciplina e injusticias, había decoro.
No olvido ese pasaje inmerecido cuando me llevaron a la dirección acusada de “robar” una torta. Habían sido otros.

O al estricto profesor de matemáticas, Santibáñez, que entrado en años, golpeaba a los hombres, y frenético gritaba a las mujeres por no hacer caso.
O el incidente en la Facultad de Derecho, a donde iba de oyente, y que con actitud prepotente, ese maestro me sacó por sólo voltear y pedir un lápiz al compañero.

Una disciplina y respeto olvidados. Alumnos sobre protegidos con actos tiranos contra maestros.
Valores que replantear y méritos que resaltar para ellos, que son guía de vida, incluso confidentes de nuestros pesares.

Por eso a ellos, sí a ustedes, verdaderos ¡Maestros!, ¡Gracias! Gracias,
Porque:

M ientras tu paciencia mantengas, y con
A mor transmitas tu sabiduría
E n cada generación, y
S eas un ejemplo de
T ransmisión de valores, el
R eto dejas a quienes formas en tú aula, para aplicar esa
O bra toda la vida.

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