Desde niña, siempre fui “aspiracionista”, lo soy y lo seguiré para vivir mejor.
Deseaba mucho y teníamos poco, sobre todo en Navidad y Reyes.
Anhelaba cena con pavo o pierna, había para pollo rostizado.
Nuestras condiciones ni de clase media ni de pobreza.
Una mezcla rara de ambas con aspiraciones futuras.

Carecíamos de mucho, aunque lo poco, era de lo mejor.
Mi padre obrero, con miserable salario y mi madre, ama de casa.
Ambos con primaria, y ganas de vivir mejor.
Los dos empujaron a seguir y aspirar más.
No hacerlo, era de ¡Mediocres! Decía mi padre.
Y mejorar, no era negativo o ser más que otros.
Nos enseñaron a conseguir con dignidad lo que queríamos.
Yo admiraba la casa de la abuela paterna y de la hermana de mi padre.
Ambas de hogares con servicios y comodidades, muy distinto al mío y al de mis abuelos maternos, que rentaban cuartos de vecindad.
Producto del esfuerzo, mi abuela y mi tía, vivían bien.
Mi abuelo materno, tornero, y su esposa ama de casa, y fieles creyente de la preparación académica.
Él estudió en la militar.
La humildad de nuestros hogares, cuartitos de ladrillo y techo de lámina, no frustró ni frenó nuestras ¡Aspiraciones!
Tampoco empujó al odio contra otras clases sociales.
Por el contrario, después de salir de esa vivienda, a mi escasa edad, y aún en mi vida adulta, recuerdo con agrado las mañanas de sol con plantas y catarinas en mi frasco de gerber.
Los que vivían bien, entendí, era los que aspiraban a estar mejor.
Los obreros como mi padre y las personas sin estudios, tenían carencias, y sólo con mayor esfuerzo, podían salir adelante.
No se necesitaba robar ni ser corrupto ni cometer ilegalidades, era ¡Trabajo y esfuerzo!
La abuela, ayudó, nos compró una vivienda en Iztapalapa.
Aún así, era zona sin pavimento ni servicios, que enlodaba todo en época de lluvias.
Los zapatos siempre sucios. Era como un pueblo con carencias y milpas por doquier.
La vivienda, también de lámina, ladrillo y agujeros que filtraban el agua al llover y caía sobre ollas y cubetas que poníamos.
Esos sencillos cuartos, lo mismo era recámara de todos, que comedor con maltrecha mesa y sillas.
Raro, había piso de duela…Y también jardín con un gran árbol.
No teníamos agua y la acarreábamos con un cargador.
Después con un carrito que hizo mi padre para facilitar el traslado de tambos con agua.
No recuerdo si había luz y por baño, una letrina, que cada que salían gusanos, era señal que estaba llena.
Mi padre la tapaba y construía otra. Nos bañábamos a “jicarazos”.
Anhelábamos agua caliente y regadera, por eso, simulamos una con un bote que perforamos.
En diciembre el plástico y la madera del improvisado baño, no evitaba el atroz frío.
Aún vivo en esa casa, ahora con muchos cambios y muchas mejoras, producto del ¡Esfuerzo de todos!
¡Nunca, nunca! Por ayuda gubernamental.
Siempre beneficios y mejoras por aspiracionistas.
El empeño de mis padres y las ganas de salir adelante, nos permitieron los cambios.
Había ocasiones que no había ni para cenar y mi madre, pidió prestado pan y leche al de la tienda.
Le ¡Negó! El favor.
Le dolió tanto a mi madre, que juró nunca volver a pedir y así nos enseñaron.
Aún recuerdo que eso impulsó más a no regatear, limosnear ni pedirle a nadie.
Mi papá, era enemigo de comprar a réditos o a los aboneros.
“Sí tienes compras, si no, te aguantas, porque te endeudas”, decía a mi madre.
Mandarnos a la escuela, era un lujo y mucho esfuerzo. Éramos cuatro hijos.
Para cada uno, sólo un par de zapatos y tenis Panam. El salario de obrero no alcanza para más y yo quería Converse.
Ahora por cierto, no me gustan por estrechos.
Supe qué eran los agujeros en el calzado, unos Dingo de charol y moñito.
Por eran los únicos. A veces improvisé unas plantilla para evitar el “sabor” del chicle que pisaba.
O que mojará las únicas calcetas o mis hermanos calcetines de la escuela.
Teníamos que caminar un buen tramo para la escuela, entre lodo y sendero de milpas, donde llegó a salir un pervertido.
Después íbamos cerca, aunque la escuela pública en realidad sólo eran aulas de lámina.
Nos daban vente centavos para gastar, que no cubrían mis ganas enormes de comprar un twinkie de fresa.
Esa era nuestra vida, las carencias, el ¡Esfuerzo! Y las ganas de ¡Progresar!
El arrojo de mis padres, nos hizo salir adelante.
Pasó de obrero a taxista y el carro, facilitaba salir más.
Mi madre, se empeñó y puso una tienda. A la que le entregó su vida.
De ahí nos sacaron adelante ambos y las condiciones mejoraron.
Me compraron en la secundaria el portafolio que quería, por mis ganas de seguir.
Era el Samsun de moda. También mi primera máquina de ¡Escribir!, Olivetti que aún conservo.
Seguí mis estudios. Aspiraba ir adelante.
Enérgico como era mi padre decía que sólo los estudios ayudarían.
En casa, decía, ni vagos ni mantenidos ni huevones ni drogadictos ni inútiles.
Mis hermanos, como otros, llegaron a trabajar de adolescentes en el panteón cercano en ciertas temporadas.
Después mi padre, al no querer estudiar, los metió con un amigo veterinario y les exigía apoyar con dinero a mi mamá.
Yo por tener preparatoria, entré en un Banco de Sangre como secretaria.
Nos hizo esforzarnos a no recibir ¡Nada gratis! Ni estirar la mano para ¡Obtener!
Trabajé de día, estudiaba de noche. Sólo así mejoré mis propias condiciones.
Llegué a clase media y profesional. Salario miserable también.
Mis hermanos, uno perito en autotransporte -no ejerció lo asesinaron antes- y el otro a R-100, después a la Fiscalía.
La escuela a mi me quitó esa inseguridad. Me forjó.
El CCH y la Facultad de Ciencias Políticas en la UNAM, me dieron las bases para ser crítica.
La escuela, mis padres, las experiencias, incluso “los golpes” funestos de la vida y las constantes caídas, fueron fundamentales.
¡El esfuerzo! El único método para no arrodillarme ¡Ni por necesidad!
Me he quedado muchas veces sin empleo y nunca pedir el asistencialismo gubernamental.
He padecido precariedad.
Y sé, que ¡no! No deseo la medianía ni la ignorancia ni la mediocridad.
Amigos y amigas, me han ayudado a no derrotarme, y seguirle.
He trabajado, sin ¡Salario! Con el mismo esfuerzo y entrega, que lo hago con remuneración y prestaciones.
Muchos me abrieron las puertas para ir adelante.
Ser mujer periodista, no ha sido fácil y menos en la época que llegué ni para los hijos.
El gobierno, jamás ha sido mi benefactor, y sí, soy aspiracionista, profesional, ética y leal.
Ahora iré por una vejez digna y por inculcar, en los demás, incluye a mi familia, que todo es producto de esfuerzo y no de la manutención de otros.
Que chingona crónica, todos somos hijos del esfuerzo gracias por compartir tus vivencias