
Entre las mayores deudas que se dejarán a las generaciones por venir, se encuentra sin lugar a dudas el desastre medioambiental causado en gran parte por los humanos, y su depredación de los recursos naturales; la herencia de todas y cada una de las revoluciones industriales que han existido a la fecha.

En este sentido, es prudente hacer un pequeño viaje a principios de esta década, cuando el ambientalista australiano, Paul Gilding, durante su participación en una charla TED de 2011, señalaba de que el planeta Tierra estaba lleno, estando habitado en ese entonces por alrededor de 7 mil millones de personas.
Actualmente, casi diez años después, y con cerca de 700 millones de personas más habitando el planeta -según cifras de la Organización de las Naciones Unidas (ONU)-, las palabras de Gilding se vuelven más sonoras y alarmantes: en ese entonces necesitábamos los recursos de dos planetas como la Tierra para sustentar el ritmo de vida que llevábamos como especie.
La industria de hidrocarburos en el mundo, es uno de los grandes ejemplos que se tienen para entender las consecuencias de la depredación del medio ambiente. De manera directa e indirecta dicha industria afecta el entorno y la salud de los seres vivos.
Por lo anterior, ha habido un movimiento a nivel global, que paulatinamente ha tomado cada vez más fuerza, en torno a la transición energética; la conjunción de esfuerzos mundiales para cambiar la huella que estamos dejando en el planeta.
Para visualizar la magnitud de esto, se puede tomar de ejemplo al Fondo RBF (Rockefeller Brothers Fund) que en 2014 invirtió 50 mil millones de dólares en activos mundiales de energías limpias, y actualmente se ha incrementado hasta los 12 billones de dólares. Asimismo, un gran número de inversionistas buscan salir lo antes posible de fondos que promueven energías fósiles; entre ellos la Universidad de Oxford, que anunció en mayo de 2020 que dejaría de invertir en proyectos y empresas de esta índole. La nueva apuesta es cada vez más clara.
La crisis de este año vino a acelerar la transición energética, por la reducción brutal del consumo de energía por el confinamiento, donde el sector de hidrocarburos sufrió un golpe mayor que el que le ocurrió al eólico, solar residencial, entre los otros renovables. Algo positivo de esta reducción fue la disminución del 8% en las emisiones de dióxido de carbono (CO2) a nivel mundial, un respiro enorme para el planeta.
El COVID-19 nos enseñó en unos meses de cierta forma lo que muchas investigaciones quisieron demostrar en décadas: el terrible daño que produce en el medio ambiente y en la vida diaria del ser humano el consumo de energías fósiles.
Tras esta pandemia, las empresas de hidrocarburos tanto públicas como privadas, deberían de cuestionarse sobre la rentabilidad de sus proyectos de inversión, y visualizar el futuro no inmediato de la industria.
Es preciso recordar una frase del Jeque Ahmed Zaki Yamani,Secretario General de la Organización de Países Exportadores de Petróleo(OPEP), quien durante una de las crisis petroleras que han existido en las últimas décadas, señaló que “Es bueno recordar que la edad de piedra no se terminó por falta de piedras, precisamente”.
Con su dicho, Ahmed Zaki, buscaba de cierta forma expandir la conciencia acerca del panorama del mercado de hidrocarburos, y visualizar las diferentes posibilidades que podrían surgir para migrar hacia nuevas tecnologías.
Por otro lado, no debemos engañarnos y pensar que el movimiento de transición energética viene en su mayoría por una concientización social y ambiental de las empresas; en realidad debemos estar seguros que se hace principalmente por un ejercicio práctico de costo-beneficio, por rentabilidad económica. Practicidad conveniente para el ambiente.
Contrario a la tendencia global de 2010 a 2019, periodo en el que se redujo el uso de Plantas de Carbono en un 50%, cambiando en muchos casos estos sistemas por proyectos de gas o energías renovables, México ha sido de los pocos que han optado por seguir apostándole a los combustibles fósiles, poniendo entre sus principales proyectos el rescate de la empresa Petróleos Mexicanos (PEMEX) y el impulso de una lucha Quijotesca contra molinos de viento en defensa de las energías fósiles, a través de la Comisión Federal de Electricidad (CFE).
El proyecto energético del gobierno federal, es presupuestalmente el segundo rubro con más recursos destinados con cerca del 25% del PIB anual, eso refleja la importancia que le está dando esta administración a impulsar la independencia en cuanto al refinamiento de combustible y la generación de electricidad. Esto no quiere decir que el gasto sea eficiente.
El megaproyecto de la Refinería de Dos Bocas en Tabasco, así como el hermetismo en la realización de proyectos que lleven a México a la transición energética, son armas de doble filo que pueden resultar, quizás, en un gran lastre que nos lleve a una mayor velocidad a lo profundo de una crisis económica más oscura.
Hablar de crisis profunda no es decirlo a la ligera, viendo en materia económica y financiera las pérdidas que ha tenido PEMEX como empresa, que llegó a números históricos en los primeros seis meses de 2020, rebasando los 606 millones de pesos; el valor del barril de petróleo crudo a nivel internacional que en los últimos meses ha caído un 28.61%; la devastación medioambiental que conlleva el construir y tener en operaciones una refinería, la afectación a la salud y la calidad de vida; entre otras.
La moneda está en el aire, y sólo queda pensar que las decisiones sobre las políticas energéticas en el país, tendrán un giro, buscando salir de la edad de piedra y priorizar el futuro, antes de querer rescatar los restos de un dinosaurio moribundo, endeudado, y que sigue cargando el lastre de la corrupción y la impunidad. Habrá que esperar y pensar en el futuro, es decir, tener esperanza.
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Un tema muy importante para la humanidad tratado aquí con equidad ptofesional