La tecnología digital llegó para transformar la vida del mundo; de las más de cinco mil millones de personas usuarias de internet, más del noventa y cinco usan las redes sociales.

Cifras muy similares se presentan en nuestro país, en general, la proporción de personas que usan internet es de 7 de cada 10 mexicanos.
Según la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los hogares (ENDUTIH) 2022 elaboradas entre el INEGI y el IFT, publicada en julio de 2023, en nuestro país existen 93.1 millones de usuarios de internet, esto significa, el 78.6 por ciento de la población mexicana de 6 años o más; el aumento fue de 3 por ciento respecto de 2021 cuando fue de 75.6 por ciento.
Las oscilaciones de edad de personas usuarias de entre 18 a 24 años representaron el grupo de mayor consumo de internet con un promedio de 5.9 horas al día. Les sucedieron los usuarios de entre 25 a 34 años con 5.3 horas.
Respecto de las personas usuarias de internet en nuestro país, 9 de cada 10 lo usan para acceder a las redes sociales. Los rangos de edad que más interactúan en redes sociales son los de entre 18 a 24 años y de 25 a 34 años.
Las mayores interactuantes en redes sociales son las mujeres con 52.7 por ciento mientras que los hombres ocupan el 47.3 por ciento de las redes socio digítales.
Un dato que debe llamarnos la atención es el relativo a que los niños usuarios de teléfono móvil de los 6 años o más, pasó de 74.9 a 79.2% de 2019 a 2022.
Los rangos de edad con los que se accede a estos mecanismos de información son de alarmarnos, pues representa un rango de edad sumamente vulnerable a todo tipo de amenazas.
Los medios que los usuarios mexicanos de internet utilizan para acceder a las redes sociales son los llamados teléfonos inteligentes, según la encuesta pasamos de 85.5 millones de usuarios vía teléfono móvil en 2019 a 93.8 millones de personas usuarias en 2022.
No obstante, las empresas We are social y Meltwater que trabajaron para El Universal un estudio digital en este 2023, señalan que en nuestro país existen alrededor de 123 millones y medio de teléfonos móviles.
Estos datos permiten ilustrar el análisis sobre lo vulnerable que es la sociedad a una campaña de desinformación, como ejemplo basta citar el caso del ataque súbito, en redes sociales, de la supuesta presencia de una plaga, sin precedentes, de chinches en campus de estudios superiores de la Universidad Nacional.
La Organización de las Naciones Unidas a través del Informe “Contrarrestar la desinformación para promover y proteger los derechos humanos y las libertades fundamentales”, señala que:
“Mientras que la información errónea se refiere a la difusión accidental de información inexacta, la desinformación no solo es inexacta, sino que tiene por objetivo engañar y se difunde con el fin de causar graves perjuicios.
La desinformación puede ser difundida por Estados o por agentes no estatales. Puede afectar a un amplio abanico de derechos humanos, socavando las respuestas a las políticas públicas o amplificando las tensiones en tiempos de emergencia o conflicto armado.
No existe una definición universalmente aceptada de desinformación. Ninguna definición puede ser suficiente por sí sola, dados los múltiples y diferentes contextos en los que puede surgir la preocupación por la desinformación, incluso en relación con cuestiones tan diversas como los procesos electorales, la salud pública, los conflictos armados o el cambio climático.”
La desinformación en la era de la información es una condición en la que se debe aprender a identificar y nulificar.
Las razones para modificar la verdad o decir verdades parciales son una condición a la que está expuesta la humanidad desde que apareció la lucha por el poder económico, político o social.
No obstante, con la aparición del internet y las redes sociales se ha potenciado de manera inconmensurable.
En una campaña de desinformación es fundamental la segmentación del público al que está dirigido y los medios por los cuales se conectan, los usuarios con acceso a las redes son pieza clave de esta actividad perniciosa para que permee la manipulación social como cuando grandes depredadores separan a sus presas y los fuerzan a seguir el rumbo esperado.
Es de llamar la atención que este “rumor” solo fue en escuelas de estudios superiores, donde los rangos de edad oscilan entre los 18 y los 24 años para alumnos regulares, un sector que será fundamental para los actores políticos en el 2024.
Coincidencia o no, es indispensable hacer un análisis serio de lo sucedido con el manejo de la información que se dio tanto en las redes digitales como en los medios informativos tradicionales y las acciones tomadas tanto por alumnos, profesores y autoridades universitarias.
Seguido a la viralización en redes sociales de los videos en los que se mencionaba la aparición de los insectos, se afianzó la denuncia no probada con la difusión masiva de memes sobre el hecho. La memecracia hizo su labor, se afianzó el rumor colectivo sin que ninguna verificación existiera de por medio, la asimilación colectiva había ganado terreno.
¿Quién gana con esta desinformación?, pues, aunque las autoridades universitarias y científicos han desmentido los rumores, lo cierto es, que los medios de comunicación mantienen notas de zozobra, la campaña ha logrado el cometido de diluir la confianza en los pronunciamientos de las autoridades.
Cuando no existe un interés político, está uno económico o ambos, nada es gratuito y como decía Roosevelt, “En política, nada ocurre por casualidad. Cada vez que un acontecimiento surge, se puede estar seguro que fue previsto para llevarse a cabo de esa manera”.
En el caso de la UNAM, recordemos que se encuentra en un proceso de selección de sus autoridades rectoras, la volatilidad política para los aspirantes puede pasar de una crisis de comunicación a una política, algunos de los directores de las facultades involucradas son candidatos al cargo de rector.
El caso de la universidad, más allá de la mofa colectiva, tiene implicaciones muy delicadas, se debe cuidar el manejo de estas campañas de desinformación y cómo pueden afectar el proceso político electoral en el que nuestro país está inmerso, hay que cuidar el proceso democrático y las libertades desde el ámbito individual y colectivo.
Estas campañas de desinformación pueden ser enfocadas para generar presión en actores políticos estratégicos y generar desestabilización en un proceso electoral que se antoja sumamente disputado.
No es una simpleza que una chinche haya sido detonante para lograr una crisis institucional.
Efectivamente, la desinformación cunde a nivel nacional originada en la mayoría de las veces por los mismos medios de comunicación que aliados con empresas o gente de la política difunden información equivoca sin fundamento. Exigirles fuentes fidedignas y no difundir sin ellas, es la tarea de las personas usuarias