De mis Diarios de Ciudad: Me dijo Mario que nos veríamos en el Zócalo, había un par de eventos con la jefa de gobierno Clara Brugada y aprovecharíamos para conversar, pero de ultimo minuto recordó un compromiso y pidió posponerlo para más tarde, así que me eché a caminar rodeando las vallas que ahora protegen ese Zócalo.
Ahí me encontré de frente con Sofi, una colega periodista con quien converse unos minutos e igual pude saludar a su marido Chava que apareció por ahí.
Cuando me despedí quedaron en mis pensamientos aquellas jornadas de trabajo como reportero de policía con el buen Salvador como fotógrafo, parecía siempre estar de malas aunque en el fondo es buena persona y mejor fotógrafo.
Así recorrí la calle de Madero, desde donde envié mensaje por whatsapp a mi amigo Adal además de admirar los edificios, el cielo azul y tanta gente andando por ahí.
Mi siguiente parada sería por ahí de lo que una vez fue la Glorieta de la Palma (que se les secó), ese mismo lugar donde quisieron poner un ahuehuete y también se murió por lo que terminó en glorieta de los desaparecidos.
Igual me encontré con un monumento de un caso ocurrido hace medio siglo, y antes las vallas que les pusieron al Hemiciclo a Juárez con todas sus expresiones que llaman libertad de expresión.
En el camino pensé que sería mejor no llegar hasta la mentada Glorieta de la Palma, de manera que mandé mensaje al amigo Beto para encontrarnos en la terraza del hotel Emporio, quizá una taza de café me caería bien mientras leía mi libro “La Ciudad de México: Una historia” de Serge Gruzinski, que con sus 600 páginas no acaba nunca, aunque releer como ha evolucionado nuestra ciudad es un placer.
Así llegué hasta El
Hotel Emporio Ciudad de México donde me instalé en la terraza, es decir en la banqueta que dividida por unas macetas queda dentro del mismo establecimiento.
Deje mi mochila a un lado me arrellané en la silla y esperé a que el mesero me atendiera:
“Un café por favor” le dije
Y así sin anotar se marchó para volver momentos después con un vaso de Starbucks (starbacs decía a la alemana mi amiga Catarina, aunque ella era rusa).
Cuando lo puso sobre la mesa mi primera impresión me hizo decir:
“Porque no en una taza de loza a lo que respondió:
“Es que se me acabaron”…
Claro que no me creí eso, no puede ser que en un hotel de esa categoría se acaben las tazas, lo peor es que fuera en un vaso desechable y de una franquicia que está a un par de calles a donde pude quedarme sin problema, pero mi necedad de volver al Emporio me llevó ahí.
Entonces solo podría ocurrir que mi presencia no era la de un cliente para presumir en el Emporio, y además me había sentado a la vista de todo mundo con mi tez humilde y mi color de raza de bronce, hasta me acorde que algunos clientes en el Sonora Grill los mandan a donde no se vean, jejeje.
En fin ahí me quedé hasta que llegó mi amigo el güerito vende quesos, conversamos como siempre amenamente y luego nos marchamos para no dar más mal aspecto al café del
Hotel Emporio Ciudad de México . (No vayan si son prietos)