PEDRO ARELLANO: QUISO SER SACERDOTE Y TERMINÓ CAMBIANDO VIDAS

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Conocí a Pedro Arellano cuando estaba al frente del área de Ejecución de Sanciones Penales. Más adelante, lo seguí viendo como funcionario del Gobierno de la Ciudad de México.

Siempre había gente que lo buscaba. Era un hombre generoso, humano, de esos que no se esconden detrás de un escritorio y que realmente quieren ayudar.

Hay dos momentos clave que vale la pena destacar en su trayectoria. Uno de ellos fue su participación en el caso de Florence Cassez, la ciudadana francesa acusada de secuestro durante el sexenio de Felipe Calderón, cuando Genaro García Luna —hoy preso en Estados Unidos por sus vínculos con el crimen organizado— era secretario de Seguridad Pública. Aunque su intervención no fue tan conocida como la del clero o incluso la del Papa, Pedro contribuyó de forma decidida para que se revisara el expediente y se corrigiera esa injusticia.

Y es que Pedro quiso ser sacerdote. Sin embargo, una diabetes juvenil le impidió ingresar al seminario. Aun así, nunca se alejó de su vocación. Fue vocero de la Conferencia del Episcopado Mexicano y más tarde dirigió el periódico dominical “Desde la Fe”, desde donde abordó diversos temas sociales con sensibilidad y compromiso.

Cuando dirigió la Ejecución de Sanciones Penales, Pedro fue el responsable de coordinar las preliberaciones: un proceso legal que permite a las personas en prisión salir antes de cumplir su condena si reúnen ciertos requisitos, como haber estudiado, trabajado y mostrado buena conducta.

Sus oficinas estaban —como siguen estando— a un costado de los centros penitenciarios de Santa Marta Acatitla: el Cerezova, la cárcel de mujeres y la penitenciaría varonil. Ahí, Pedro era constantemente buscado por madres, esposas y hermanas que intercedían por sus familiares presos. Muchas veces, esas mismas mujeres regresaban tiempo después, desesperadas, para pedir que volvieran a encarcelarlos.

Me contaba Pedro, con su risa inconfundible, que algunas personas recaían en el consumo de drogas apenas recobraban su libertad. Robaban en su propia casa: la lavadora, el microondas, la televisión, lo que fuera, con tal de conseguir dinero. Pedro, al saber que no habían cumplido con los requisitos de buena conducta, enviaba nuevamente a la policía y notificaba a los jueces.

También tenía una visión crítica de las políticas públicas. Recordaba cuando Marcelo Ebrard fue jefe de Gobierno y Manuel Camacho Solís le propuso construir viviendas de apenas 40 metros cuadrados. Pedro señalaba que eso fue un error: “En casas tan pequeñas, las familias numerosas no caben. Los jóvenes terminan abandonando el hogar. Y eso —decía— fue una semilla que detonó fracturas familiares y alimentó la delincuencia.”

Otro de sus grandes aportes fue el programa de canje de armas, que aún se aplica en varios estados. La propuesta fue suya. Sugirió que quienes entregaran un arma recibieran algo útil a cambio: despensas, dinero o apoyos. El programa fue exitoso, pero oficialmente no se le reconoció. Alguien más lo presentó como propio.

Pedro también me compartió una historia sobre su padre, un empresario que abrió una tienda parecida a Blanco, aquella famosa por su lema “Blanco, blanco, abarata la vida”. Estaba en lo que hoy es un estacionamiento, donde hay un letrero que dice “Viva Tepito”. Ante tantos robos, su padre instaló cámaras de seguridad. Fueron un éxito, y así nació su nuevo negocio de videovigilancia. Tiempo después, alguien le pagó una deuda con un helicóptero. No sabía qué hacer con él, pero lo empezó a rentar y pronto conformó una flotilla de taxis aéreos. Pedro decía que su padre era como el Rey Midas: todo lo que tocaba lo convertía en oro.

A pesar de todo eso, Pedro decidió renunciar a la herencia que le correspondía. Quiso seguir su propio camino, marcado por la vocación y el servicio. Me hablaba de las cárceles como lugares de profunda tristeza, donde la humanidad muchas veces se pierde. Y también de la discriminación que vivió cuando quiso ser sacerdote y fue rechazado por tener diabetes. No sé si eso ha cambiado hoy, pero en ese momento, no pudo cumplir con ese anhelo.

Pedro Arellano nos dejó durante la pandemia. El COVID-19 se lo llevó, como a tantos otros. Pero su memoria, su legado y su visión de justicia siguen presentes.

Este texto es para él. Para agradecerle, recordarlo y rendirle un homenaje desde la palabra. Porque personas como Pedro no deberían desaparecer del todo.

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