El Rey danés llamó a la unidad, valoró los lazos familiares y la resiliencia ante tiempos difíciles.
El primer día que inicié mis prácticas profesionales en Cemex, el ingeniero danés con el que me asignó el ingeniero Carrillo, gerente de la planta, me dio la primera lección: Él llegó a iniciar su jornada laboral unos minutos antes de las ocho de la mañana. Se encajó un overol y en las bolsas traseras acomodó un puño de estopa. Luego tomó una caja de herramientas en cada mano y dijo “¡vámonos!”. Me ofrecí a ayudarle y me dijo: “tú no eres mi ayudante, toma esa caja de herramientas, es la tuya”. Luego ya avanzado el turno me preguntó: “¿Estuviste antes en otra empresa, en prácticas?” Le contesté que no. Agregó: “nosotros hacemos la mitad de la carrera mediante cursos teóricos y la otra es práctica. Cuando terminamos vamos directo a trabajar, no a aprender”. Muy diferente a México, los estudios fueron de teoría, combinados con algunas prácticas en los laboratorios de la escuela.

El ingeniero danés, cuando llegó a Torreón, ya había andado en varios países instalando hornos de cemento. Hablaba cuatro o cinco idiomas. Rondaba por los treinta y tantos años. Era muy disciplinado. A las dos de la tarde dejaba de trabajar y regresaba para reanudar la jornada a las cuatro de la tarde, y terminaba puntual a las seis de la tarde. Nunca se quedaba tiempo extra, todo su trabajo lo tenía planificado. Ni llegaba antes, ni se iba después.
El año pasado en Odense, colaboramos con mi yerno en la preparación de la cena de fin de año. Ellos no compran comida preparada. Con anticipación compramos los ingredientes requeridos. Jimena y yo preparamos pescado a la sal de grano. Unos días antes acudimos a la pescadería a comprar un pescado, sólo les pedimos que les quitaran vísceras y agallas, y que le dejaran la piel con las escamas. Al regresar con el pescado lo guardamos en la “hielera natural”, lo pusimos afuera de una pequeña terraza sobre una mesa pequeña, sin necesidad de resguardarlo en el refrigerador.
Cuando van a comprar la despensa al supermercado, aprovechan para tirar los plásticos, las botellas, las baterías, el vidrio en diferentes contenedores. Al salir del super revisan con cuidado que les hayan dado lo que pagaron. En sus departamentos o casas no tienen trabajadoras domésticas, la familia se organiza para mantener limpia la vivienda, barrer y trapear, lavar la ropa y planchar, cocinar y lavar los utensilios de cocina. En el edificio de departamentos en el que viven mi hija y su familia, en el departamento de lujo, el penthouse, que se ubica en la última planta del edificio, vive un empresario con su familia. Es común ver a este empresario y a su familia bajar con sus bolsas de basura para depositarla en los contenedores del edificio. Igual que todos los demás inquilinos.
En la cena de Navidad mi yerno preparó pato al horno, con papas, gravy, betabel dulce y cerdo al horno con cuero y grasa, y unas papas con azúcar. Ellos no preparan pavo. Para año nuevo cocinamos el pescado a la sal de grano y salmón con alcaparras y chile jalapeño, mi yerno ya tenía su plan para ir preparando la cena de fin de año y que todo estuviera listo y en tiempo para ir sirviendo los platillos, en el orden correspondiente. Estuvieron a tiempo las papas a la crema y las sopas. En la medida que íbamos usando utensilios y ya no los requeríamos para el proceso de elaboración, los colocábamos en la lavadora de trastes, a la vez que lavábamos y limpiábamos lo que se derramara en la cocina y particularmente en la estufa, para que todo estuviera en orden y limpio. Todo impecable. Nada que hasta el final o un ¡Después los lavo!
Antes de cenar el fin de cada año, a las 18 horas en punto, los daneses escuchan en familia con mucha atención el mensaje de su rey Federico X. Es una tradición fundamental de su cultura, que permite además de mantener un estatus de culto, hacer una pausa y una conexión compartida con su nación. En esta ocasión llamó a la unidad ante la inseguridad internacional, valoró los lazos familiares y la resiliencia ante tiempos difíciles. Fue imposible no pensar que esas palabras cobraban sentido en cada gesto cotidiano que había visto durante esos días. Porque una nación no se define solo por lo que dice su rey, sino por la forma en que su gente vive, trabaja y convive. Y en eso, los daneses ofrecen una lección silenciosa, pero profundamente elocuente.
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Salvador Hernández Vélez
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