LA OTRA MIRADA DEL MUNDIAL

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No ven la portería, pero la sienten. No ven el balón, pero lo escuchan venir. En una cancha de 40 por 20 metros, un grupo de jóvenes transforma la oscuridad en pura pasión y garra. Este es el futbol para ciegos, una disciplina que exige más corazón, comunicación y coordinación que cualquier otro deporte.

Emiliano Vázquez Estrada, de 18 años, se coloca el antifaz negro, se ajusta los tacos y entra al campo como si nada. Juega desde los 11 años en el representativo juvenil de fútbol para ciegos de la Ciudad de México.

“Para mí, esto es una herramienta para crecer como persona, tanto en lo físico como en lo mental”, dice Emi, quien recién egresó de la Escuela Nacional Preparatoria Plantel 1 de la UNAM y aspira a estudiar Ingeniería Computacional en la misma casa de estudios.

A su lado, dirige con pasión Patricio Ramírez, egresado de la Facultad de Contaduría y Administración de la UNAM y director técnico del equipo. Junto con Agustín, Wendy, David y Luis Zárate, Patricio fundó este proyecto en 2019.

Hoy, seis Paralimpiadas Nacionales después, el equipo es tricampeón nacional y ha colocado jugadores en selecciones que han ganado medalla de bronce en Parapanamericanos.

 

 

ESCUCHAR PARA VENCER
En este deporte paralímpico todo cambia. Cuatro jugadores ciegos y un portero vidente por equipo. Detrás de la portería rival, un guía grita indicaciones. El balón lleva sonajas de metal para que los jugadores lo ubiquen por el sonido. Y cada vez que alguien toma el control del esférico, debe gritar “¡Voy!” para evitar choques.

 

 

 

“La comunicación es fundamental. Tienes que saber dónde están tus compañeros, dónde está el rival y cómo avanza la jugada”, explica Emiliano. “Las claves son coordinación, concentración y, sobre todo, la unión y confianza entre nosotros”.

Todos los jugadores de campo usan parches y antifaz. Incluso quienes tienen resto visual deben taparse para competir en igualdad. Antes de cada torneo, un clasificador médico evalúa el grado de discapacidad visual de cada uno.

 

 

DEL AULA A LA CANCHA
Patricio Ramírez asegura que crear este espacio fue “un deber social y político”. “Buscamos que las juventudes con discapacidad visual se desenvuelvan de forma integral a través del deporte”, afirma. Su formación en Administración le ha servido para organizar el equipo, gestionar recursos y hacerlo sostenible en el tiempo.

Emiliano, por su parte, encontró en el futbol para ciegos mucho más que un deporte. Antes le costaba socializar. Hoy, entre gritos de “¡Voy!”, pases por sonido y celebraciones colectivas, ha fortalecido su confianza. Le gusta la música, toca teclado y flauta transversal, y sueña con combinar su pasión por las computadoras con todo lo aprendido en la cancha: trabajo en equipo, resiliencia y comunicación.

 

“En la Universidad hay debate, hay intercambio de ideas. Es lo mismo que en el equipo: cada quien aporta desde su lugar”, dice.

Hoy, jugadores como Emiliano, Carlos, Gustavo, Braulio, Luis, Alan, Erick, Alfred y Paco viajan hasta dos horas para entrenar. Saben que la difusión es poca y que faltan más equipos, pero no se detienen. Porque en este deporte no gana el que mejor ve… sino el que mejor escucha, el que más confía y el que nunca deja de pelear.

En una cancha sin luz, brillan con fuerza el talento, la amistad y la determinación. Fútbol para ciegos: aquí no se juega con los ojos… se juega con el alma.

MARCOS H. VALERIO

CHRALAS DE TABERNA

 

 

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