El panorama político de América Latina ha cambiado en los últimos años. Los resultados electorales registrados en países como Argentina, Chile, Paraguay, Ecuador, Bolivia, Honduras, Perú, Colombia y El Salvador, más lo que se sumen en próximos comicios, abren paso a la conformación de un bloque de gobiernos de derecha, que son ya vistos como aliados importantes del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
De acuerdo con diversos análisis efectuados sobre el tema, se desprende que esa situación tiene su origen, principalmente, en una profunda frustración ciudadana con los regímenes de izquierda, que prometieron mucho, pero hicieron poco para resolver problemas como la corrupción, la desigualdad y la pobreza. Además, fueron muy ineficaces en el ámbito de la seguridad, al contribuir con ello al deterioro de indicadores clave para la vida cotidiana de la población.

Como es lógico suponer, ese nuevo contexto latinoamericano plantea serios retos para México, máxime cuando se habla de un país que se caracterizó en el pasado reciente por tener un reconocido liderazgo regional, el cual ha perdido de manera paulatina como consecuencia de una política exterior excesivamente ideologizada, empecinada en defender a gobiernos autoritarios de izquierda que han caído en desprestigio y aislamiento, como Venezuela y Cuba, además de protagonizar absurdas disputas diplomáticas con Bolivia, Ecuador y Perú.
De esta forma, ante la evidente dificultad de la nación mexicana para adoptar una estrategia más pragmática frente a los cambios políticos en la zona, se corre el riesgo de que el país se quede sin interlocutores relevantes en América Latina.
Pese a ello, todavía el camino que debe seguir la derecha para regresar al poder, presenta serios obstáculos, entre ellos la incapacidad mostrada por sus propios dirigentes para convertirse en adversarios con posibilidades de pelear con éxito en las urnas. En contraparte, su pasiva actitud ha abonado al hundimiento del sistema de partidos.
En ese sentido, cabe reconocer que la llegada de la Cuarta Transformación movilizó a los opositores al régimen, pero sin resultados positivos por las maniobras impulsadas durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, que fueron eficaces para neutralizarlos.
El entonces presidente de la República, entre otras cosas, logró aislar a la derecha política. Al separarla del empresariado hegemónico, la redujo a su mínima expresión.
A tal situación, debe sumarse el hecho de que la nueva realidad del país ha obligado a los partidos políticos ligados al conservadurismo, a buscar cambios internos que eviten su más rápida caída.
Para nadie es un secreto que, durante décadas, hablar de la derecha mexicana remitía a posiciones inherentes a la defensa de la familia tradicional, oposición al aborto, reivindicación de valores religiosos, crítica al feminismo y resistencia a la ampliación de los derechos sexuales y reproductivos.
Sin embargo, ante tal panorama, el Partido Acción Nacional (PAN), por ejemplo, optó por modificar su estrategia. Sin hacer del lado por completo su identidad alrededor de la defensa de la vida, ha ampliado su repertorio ideológico.
Temas como la seguridad, crimen organizado, migración, propiedad privada, impuestos, relación con el Estado, libertad económica, educación, identidad nacional y políticas de género, forman parte creciente de una agenda que busca sustituir —o al menos complementar— las antiguas batallas morales.
Resulta importante aclarar que a la par de ese nuevo entorno, también han aparecido organizaciones que buscan ocupar un espacio explícitamente conservador. En 2025, distintas agrupaciones vinculadas con posiciones provida y contrarias a algunos derechos de la comunidad LGBTQ+ intentaron avanzar hacia la constitución de nuevos partidos políticos.
Ese es el caso del ex actor Eduardo Verástegui, quien ha construido un discurso con mayores dosis de conservadurismo en materia de familia, aborto, religión, género y valores tradicionales.
Por tanto, sería un error considerar que el viejo y tradicional discurso ha muerto. Lo que se observa, entonces, es una fragmentación de la derecha, pues mientras una parte mantiene una identidad socialcristiana y próvida, otra intenta construir un ala liberal, centrada en economía y propiedad; una tercera enfatiza seguridad, orden y autoridad, y una más adopta elementos de las llamadas guerras culturales contemporáneas: género, educación, identidad, migración y confrontación con movimientos progresistas.
Bajo esa premisa, se puede afirmar que entre esas corrientes hay un territorio político en disputa, el cual deja al descubierto que la pugna dejó de ser exclusivamente moral, para convertirse también en una sobre qué tipo de Estado, economía y sociedad debe tener México.
La existencia de esas diferencias, es precisamente una señal de que la derecha mexicana atraviesa en la actualidad por una etapa de redefinición, en la que sus dirigentes y militantes enfrentan también el reto de conectar con ciudadanos que no necesariamente tienen las mismas referencias culturales, religiosas o partidistas de generaciones anteriores.
Sobre esa base, se desprende la percepción de que los opositores al actual régimen tienen que pasar de la defensa de una causa, a la construcción de un proyecto de país. Deben dejar en claro qué ofrecen al ciudadano, pues si se limitan a decir únicamente “no a Morena”, tendrán dificultades para construir una identidad duradera.
Ante ello, para cimentar una verdadera propuesta política, se espera a una derecha que diga “sí a la libertad”, “sí a la seguridad”, “sí a la propiedad”, “sí a la democracia” y “sí a un determinado modelo económico”.
En la medida en que se logre lo anterior, se podrá hablar del verdadero nacimiento de la nueva derecha mexicana.
Juan Moreno Paredes
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