El costo de una estafa emocional

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El costo de una estafa emocional

 

Las estafas emocionales no siempre comienzan con una petición de dinero. Algunas empiezan con flores, palabras bonitas, atenciones, promesas y esa sensación deliciosa de haber encontrado, por fin, a alguien que parece hecho a la medida de nuestros afectos. El problema es que hay engaños que no vacían una cuenta bancaria: vacían la confianza, alteran los recuerdos y, cuando finalmente se descubre la verdad, dejan una pregunta dolorosa: ¿cuánto cuesta darse cuenta de que la vida que creías vivir no era exactamente la que imaginabas?

Durante mucho tiempo pensé que yo estaba a salvo de algo así. Soy una mujer que trabaja con información, hago preguntas, observo los detalles y, como reportera, tengo ese instinto que lleva a desconfiar de una versión demasiado perfecta. Sin embargo, la vida tiene una ironía extraordinaria: una puede pasar años preguntando a los demás por la verdad y no hacerle las preguntas necesarias a la persona que tiene al lado.

 

Viví casi una década con un hombre que parecía quererme profundamente. Me llenaba de halagos, ternura y apapachos; era galante, atento, detallista. Flores, palabras cariñosas, gestos que parecían confirmar todos los días que había elegido bien a la persona con quien compartir mi vida. Hasta hoy, cuando alguien pregunta por él, no es extraño escuchar: “¿Tu esposo? ¡Tan lindo! ¡Tanto que te quería!”. Y durante mucho tiempo yo también lo creí.

Ese es quizá uno de los aspectos más difíciles de explicar cuando se habla de una estafa emocional: la mentira no siempre tiene cara de mentira. A veces tiene una sonrisa impecable. Sabe comportarse en una reunión familiar, cae bien a los amigos, es amable con los conocidos y tiene una extraordinaria habilidad para construir una imagen que los demás terminan confirmando. Y cuando esa imagen se sostiene durante años, cuestionarla llega a parecer absurdo.

Hoy sabemos que existe un término para describir ciertas formas de atención afectiva excesiva utilizadas dentro de dinámicas de manipulación: love bombing. La expresión se utiliza para referirse a una avalancha de afecto, halagos, regalos, atención o declaraciones amorosas que puede aparecer al comienzo de una relación y que, en determinados contextos, funciona como una herramienta de control. Sin embargo, se debe precisar: recibir muchas muestras de cariño no convierte automáticamente a nadie en manipulador, ni permite diagnosticar una personalidad. El contexto, el patrón de conducta y, en su caso, una evaluación profesional son otra historia.

También aprendí que palabras como “psicópata” o “sociópata” se utilizan con una ligereza peligrosa. El DSM-5-TR, el Manual Diagnóstico de la Asociación Americana de Psiquiatría, no establece “psicopatía” y “sociopatía” como diagnósticos independientes; el trastorno antisocial de la personalidad es una categoría diagnóstica específica y corresponde a profesionales de la salud mental determinar si una persona cumple sus criterios. Una columna periodística no puede ni debe convertir una experiencia en un diagnóstico a distancia, lo que sí puede hacer es hablar de las conductas.

Y las conductas, en mi historia, terminaron revelando una realidad que durante años no imaginé. Cuando finalmente conocí la verdad, descubrí que detrás de aquella imagen de esposo cariñoso existía una relación extramarital sistemática, sostenida durante varios años con una de sus compañeras de trabajo. La verdad no llegó como una escena cinematográfica en la que de pronto todo encaja y una persona entiende perfectamente lo ocurrido. Llegó acompañada de meses de preguntas, dolor, incredulidad y una revisión brutal de muchos recuerdos que hasta entonces habían significado otra cosa.

Porque descubrir mentiras prolongadas no consiste únicamente en conocer un hecho nuevo. También obliga a regresar mentalmente a los hechos antiguos.

Una conversación que ahora parece diferente. Una ausencia que antes tenía una explicación. Una llamada. Un cambio de comportamiento. Una historia que parecía perfectamente lógica. Y entonces aparece esa pregunta que puede ser una de las más crueles para quien ha sido engañado: “¿Cómo no me di cuenta?”

Robert D. Hare, uno de los investigadores más conocidos en el estudio de la psicopatía, explica en su fascinante libro Sin conciencia “El inquietante mundo de los psicópatas que nos rodean” que determinadas personas pueden desenvolverse socialmente, resultar encantadoras y utilizar el engaño y la manipulación sin que quienes las rodean adviertan con facilidad lo que ocurre detrás de esa fachada. Su trabajo no ofrece una receta para identificar a un “psicópata” en la fila del supermercado, pero sí ayuda a entender algo que para mí se volvió evidente después: la apariencia social de una persona no necesariamente revela la manera en que trata a quienes tiene más cerca.

Y me parece importante decir, sobre todo a quienes alguna vez han vivido una experiencia semejante, que: ser engañado no significa ser tonto.

No significa carecer de inteligencia, no significa no haber tenido intuición y mucho menos significa que “te dejaste”.

Una persona puede ser profesionista, independiente, observadora, experimentada y aun así confiar en alguien que ha decidido construir deliberadamente una mentira.

Porque una relación no es una investigación periodística o un proceso judicial. Cuando amamos a alguien, no vivimos con una grabadora o una cámara de video, recolectando todas sus contradicciones. La confianza es, precisamente, una de las condiciones que hacen posible la intimidad. Quiero subrayar que cuando alguien utiliza esa confianza para engañar, la responsabilidad de la mentira pertenece a quien decidió mentir, no a quien creyó estar viviendo una relación verdadera.

Supongo que por eso las estafas emocionales pueden resultar tan costosas. Puesto que no siempre terminan cuando se descubre el engaño. Después viene el trabajo silencioso de reconstruir la confianza en uno mismo, con terapia psicológica, tratamiento psiquiátrico, acompañamiento de una red de apoyo y una enorme fuerza de voluntad. Hay que aprender a distinguir entre intuición y miedo, entre prudencia y paranoia; hay que recuperar la capacidad de creer en las propias decisiones sin convertir la vida en una permanente investigación.

Además, existe otro costo del que se habla poco: el tiempo.

El dinero puede recuperarse. Algunas cosas materiales pueden reemplazarse. Pero los años no tienen devolución.

Durante mucho tiempo pensé que una estafa emocional solamente podía ocurrirle a alguien ingenuo. Hoy sé que la ingenuidad no es la única puerta de entrada. A veces basta con confiar en la persona equivocada durante demasiado tiempo.

Tampoco se trata de vivir desconfiando de todo aquel que nos regala flores. Sería una manera bastante triste de relacionarnos con el mundo. Creo que se trata de observar algo más importante: la congruencia entre lo que una persona dice y lo que hace; la manera en que maneja los límites, las responsabilidades, la verdad y las consecuencias de sus actos. Una cosa es amar y otra muy distinta es dejar de mirar.

Hoy puedo recordar aquellos años con una mezcla extraña de melancolía y aprendizaje. Hubo cariño que yo consideré verdadero, momentos que fueron importantes y una vida que creí compartir. La verdad posterior no tiene el poder de borrar lo que sentí entonces. Lo que sí cambió fue mi interpretación de aquella historia.

Será, en el libro de mi vida, una de las consecuencias más profundas de una estafa emocional: no solamente descubres que alguien te mintió; descubres que necesitas volver a contar tu propia historia, esta vez con todos los datos sobre la mesa.

Durante mucho tiempo pensé que mi error había sido no haber visto las señales. Hoy creo que el verdadero desafío fue otro mucho más profundo: volver a confiar en mí después de descubrir que alguien en quien confiaba había utilizado mi confianza para construir mentiras.

Espero que este episodio personal, brinde una pequeña advertencia: no hay que desconfiar del amor, pero tampoco hay que confundir los halagos con honestidad, los regalos con fidelidad o la ternura con transparencia; y considero que aplica para todas las relaciones interpersonales, no solo con la pareja.

En retrospectiva, aquella experiencia, aunque dolorosamente brutal, me llevó directo al crecimiento personal y, de alguna manera, también a encontrar una voz que hoy comparto de manera regular con cientos de lectores. Parte de esa historia quedó además impresa en un libro escrito en colaboración con otras mujeres periodistas y escritoras, porque hay experiencias que, cuando se comparten, dejan de ser únicamente una herida personal y pueden convertirse en palabras capaces de acompañar a alguien más. El reconocimiento a mi trabajo y, sobre todo, la posibilidad de mantener una conexión con personas que están en otros estados y países se han convertido en algunas de las satisfacciones más inesperadas de esta historia. A veces la vida, después de rompernos una certeza, nos obliga a construir algo que nunca habíamos imaginado.

Algunas estafas llegan con promesas; otras, con contratos. Y las más difíciles de reconocer, llegan con un anillo de compromiso, una promesa de “amor eterno”, un “sí, acepto” pronunciado ante el altar y una firma frente al juez del Registro Civil.

Cierro este capítulo con una certeza: las mentiras prolongadas no consisten solamente en descubrir que alguien te engañó; también obligan a reconstruir la historia que creías conocer y, en el camino, a reconstruirse a sí mismo. Aunque este capítulo de mi vida tiene años de haberse cerrado, abrir nuevamente sus páginas también significa tocar una herida que, por fortuna, ya no sangra, pero sigue ahí. Hay recuerdos que se convierten en cicatrices, que terminan formando parte de quienes somos. Hoy las miro de otra manera: no como una vergüenza, ni como una derrota, sino como marcas de guerra. Las llevo conmigo, pero las llevo con dignidad, con el orgullo de haber librado el inframundo, a veces siento que lo transité… pero, regresé. Porque sobrevivir a una mentira que duró años no significa olvidar lo que dolió; significa aprender a vivir sin que aquello vuelva a decidir quién eres.

Adela Ramírez

 

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