BAÑARSE EN EL YO

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¿Se puede separar la muerte de la relación con el otro? Es la pregunta que recoge Byung-Chul Han comentando la filosofía de Emmanuel Levinas que en su concepción ética tiene presente la importancia del otro. Y es que ante la muerte, la muerte es el otro. Pero entendiendo así la muerte, ella sigue siendo mi muerte: “Nos encontramos con la muerte en el rostro de los demás” (E. Lévinas, Dios, la muerte y el tiempo, CÁTEDRA, Madrid 205, p.57), la muerte, que siempre es expresada ya por la ´desnudez´ del rostro del otro, se me queda mirando, me exhorta a asumir mis responsabilidades, antes de que yo me comporte en relación con mi propia muerte:
“La muerte del otro hombre me lleva a juicio y me cuestiona, como si con mi eventual indiferencia yo me hiciera cómplice de esta muerte que es invisible para el otro que está expuesto a ella”. (Lévinas)

Reflexionar sobre la visión ética de la muerte es siempre cuando ocurre la muerte del otro que es el que está siendo directamente afectado por la muerte, pero esta realidad no me es indiferente porque me recuerda la muerte propia que sucederá posteriormente:
“Pero no es mi no-ser lo que es angustioso, sino el del amado o el del otro, más amado que mi ser. Lo que denominamos con un término algo adulterado, amor, es fundamentalmente el hecho de que la muerte del otro me afecta más que la mía. El amor al otro es la emoción por la muerte del otro. Es mi forma de acoger al prójimo, y no la angustia de la muerte que me espera, lo que constituye la referencia a la muerte. Nos encontramos con la muerte en el rostro de los demás”. (Citado en Byung-Chul HAN, Muerte y alteridad, HERDER, Barcelona 2028, p.172)

 

 

Esta visión ética de la relación con el otro a propósito de su muerte no me deja indiferente, me hace pensar en mi muerte propia al ver la muerte en el rostro de los demás. Esta experiencia lo tenemos cuando en las misas de difuntos exponen junto al altar la fotografía del difunto por el cual se ofrecen las oraciones, o, en su caso, las exequias de cuerpo presente. Esta práctica de observar el rostro del difunto es un ejercicio ético, o sea, “el amor al otro”, es una forma de acoger al prójimo que ha dado este paso hacia la vida eterna, porque lo único que me hace saber lo que es la muerte es la muerte de un ser amado.

LLORAR ANTE LA MUERTE
La cita que hace B.Ch Han de Lévinas de llorar ante la muerte la toma del Fedón cuando Apolodoro llora desmesuradamente ante Sócrates moribundo:
“Véase, en este sentido, la devoción de la muerte de Sócrates en el Fedón. Junto a aquellos que encuentra, en su muerte, todos los motivos para tener esperanza, algunos (Apolodoro, ´las mujeres´) lloran más de lo debido, lloran sin mesura: como si la humanidad no estuviera consumida por la mesura, como si la muerte fuera un exceso”. (Lévinas).

El motivo del llanto sin mesura es precisamente la conexión que existe entre todos los seres humanos, entendiendo claramente que la muerte es un exceso: ¿Acaso la muerte del otro hace que se deshaga en lágrimas el yo, que hasta entonces era determinante y el único a quien se tomaba como medida?

Toda pregunta trae como consecuencia respuestas inacabadas, y muchas veces inexactas, lo digo porque B.Ch. Han comenta que si hacemos una lectura más puntual sobre los que lloraron la muerte de Sócrates es el propio Fedón que también llora sin mesura. “También sus lágrimas brotan ´con violencia´. Pero llega a darse cuenta de que, en último término, no derrama sus lágrimas por Sócrates, no las derrama por otro, sino por sí mismo:
“Hasta entonces habíamos tenido casi todos fuerza de voluntad para contener nuestras lágrimas, pero al verlo beber, y después que hubo bebido, nos echamos a llorar como los otros. Yo, a pesar de mis esfuerzos, lloré tanto que no tuve más remedio que cubrirme con mi manto para desahogarme llorando, porque no lloraba por la desventura de Sócrates, sino por mi desgracia al pensar en el amigo que iba a perder […] Pero […] Sócrates […] nos dijo: ¿A qué vienen esos llantos? Para no oír llorar a las mujeres y tener que reñirlas las mandé retirar, porque he oído decir que al morir sólo se deben pronunciar palabras amables. Callad, pues, y demostrad más firmeza”. (B.Ch Han, pp.173-174)

He aquí una visión que no tenemos que perder de vista sobre la muerte del otro, también llorar por nuestra propia muerte y por la pérdida que hemos tenida al despedir a los que amamos: “Fedón no llora por Sócrates, sino por sí mismo. Lo inquietante no es que muera otro. No se llora la muerte de Sócrates en cuanto tal, sino la pérdida propia. No lora encima del otro, sino dentro de sí. Sus ojos cubiertos de lágrimas no ven al otro, su desmesurado duelo remite justamente a una desmesura del yo, que ni siquiera de detiene ante la muerte de un desconocido. Fedón no rompe a llorar por la muerte de un desconocido, sino por la muerte de un “amigo que es parte de él mismo. ¿Es posible llorar sin verter lágrimas por sí mismo?” (B.Ch. Han, p.174)

He aquí lo que da sentido pues al “Bañarse en el yo”, el baño es con mis propias lágrimas al saber mi pérdida del yo visto en el otro.
Ante la muerte del otro lo que se podría es guardar silencio, pero no por indiferencia ni por hombría, sino por respeto al otro. El duelo más profundo y realmente desmesurado por el otro sería posiblemente sin aflicción, sin lágrimas, pero como las lágrimas son desmesuradas en realidad son por la “ruptura de mi Yo”: la emoción por excelencia, la afección por excelencia. Lévinas se esfuerza mucho por depurar la emoción de lo meramente subjetivo, de la sensación o la sentimentalidad, que no sería otra cosa que un bañarse en el yo […] desgarra la interioridad del yo que gira en torno a sí mismo y existe para sí.

 

LÁGRIMAS

Las lágrimas nos hacen humanos. Hoy la sociedad evita toda lágrima porque son vistas como signo de debilidad, falta de hombría o una infinidad de mitos, pero:
“Sería imposible erradicar de las lágrimas todo rastro del yo […] las lágrimas son, tal vez, eso. Desfallecimiento del ser cayendo en humanidad, que no ha sido juzgado digno de retener la atención del filósofo (refería a Lévinas)” (B.Ch. Han, p.176)
Nunca hay que quitar el valor de saberse “bañar en el yo”.

Pbro. Jorge Amando Vázquez Rodríguez

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