POMUCH, CAMPECHE.— Hay lugares donde la muerte significa despedida, silencio y ausencia. Pero en Pomuch, comunidad perteneciente al municipio de Hecelchakán, la historia es distinta: aquí, el amor no termina cuando se cierra un ataúd, ni los recuerdos se marchitan bajo la tierra.
Cada octubre, cuando se aproxima el Janal Pixán, las familias regresan al cementerio para reencontrarse con sus seres queridos a través de una de las tradiciones más conmovedoras de la cultura maya: la limpieza de los Santos Restos.
Es decir, en Pomuch, los muertos no se olvidan: se les limpia con ternura, se les viste con amor y se les honra con la memoria de un pueblo que se niega a dejar morir sus raíces.
En este rincón de Campeche, donde la memoria de los antepasados sigue latiendo en las costumbres de cada hogar, abrir una pequeña caja de madera no es un acto de miedo, sino una demostración profunda de cariño.
Con brochas delicadas, manos pacientes y el corazón lleno de recuerdos, madres, padres, hijos y nietos limpian cuidadosamente los huesos de sus difuntos, retiran el polvo acumulado y les colocan un paño nuevo, como quien cambia la ropa de alguien amado para recibirlo con dignidad y respeto.

El ritual, conocido como “Cho’o Ba’ak”, parece susurrar una verdad que el tiempo no consigue borrar: quienes se han marchado siguen ocupando un lugar irremplazable en la familia. Por eso, entre los pasillos del camposanto, las flores, las veladoras y las telas bordadas se mezclan con las conversaciones, las anécdotas y las lágrimas discretas. Cada huesito guarda una historia; cada nombre evoca una voz; cada recuerdo devuelve, por unos instantes, la presencia de quienes dejaron huellas imborrables.
Aquí no se trata de desafiar a la muerte, sino de aprender a convivir con su ausencia sin renunciar al amor. Mientras en otros lugares las familias llevan flores y encienden veladoras, en Pomuch los deudos participan directamente en el cuidado de los restos de sus seres queridos. Lo hacen con una delicadeza que conmueve, conscientes de que detrás de cada osario existe una vida compartida, una infancia, una enseñanza, un abrazo y una historia que merece seguir contándose.
MANOS QUE LIMPIAN HUESITOS
Esmeralda conoce el significado de esta tradición desde niña. Para ella, limpiar los restos de sus familiares no tiene nada de extraño ni de macabro; es una expresión de amor aprendida de sus mayores y una responsabilidad que asume con profundo respeto.
“Para nosotros, limpiar los huesitos de nuestros familiares es una muestra de amor y respeto. No lo vemos como algo extraño, porque desde pequeños hemos crecido con esta tradición y sabemos lo importante que es cuidar a nuestros difuntos. Cada año venimos, limpiamos sus restos con mucho cariño y les cambiamos su pañito, porque sentimos que de esa manera seguimos pendientes de ellos, como cuando estaban con nosotros”, comparte.
En sus palabras se descubre la esencia de Pomuch: una comunidad que no necesita grandes discursos para demostrar que la memoria familiar es un tesoro. Basta observar la paciencia con la que se retira el polvo, el cuidado con que se acomoda cada pieza y la atención dedicada a los paños blancos, algunos adornados con flores, cruces, nombres o iniciales bordadas.
Esmeralda sabe que la tradición no sobrevivirá únicamente por lo que hagan hoy los adultos, sino por lo que aprendan los niños. Por eso insiste en transmitirla a sus hijos y nietos, para que conozcan sus raíces y comprendan que honrar a los difuntos es también honrar la historia de la propia familia.
“Es una tradición que no queremos que se pierda. Nuestros padres y abuelos nos enseñaron a respetar a quienes ya se fueron, y ahora nos corresponde enseñarles a nuestros hijos y nietos para que conozcan nuestras raíces y comprendan por qué hacemos esta limpieza. Aquí recordamos a nuestros seres queridos con amor, no con miedo”, afirma.
Su testimonio resume una lucha silenciosa contra el olvido. Porque las tradiciones no permanecen vivas por casualidad: necesitan manos que las practiquen, voces que las expliquen y nuevas generaciones dispuestas a recibirlas como una herencia que no se compra ni se vende.
ABUELOS SIGUEN ENSEÑANDO DESDE EL RECUERDO
Para Justina, acudir al cementerio es mucho más que cumplir con una costumbre de octubre. Es regresar a un espacio donde las enseñanzas de sus padres y abuelos cobran vida, donde cada osario abre una puerta hacia el pasado y donde el cariño encuentra una forma tangible de expresarse.
Con paciencia, los familiares limpian los restos, retiran el polvo y colocan el paño limpio. No hay prisa. Cada movimiento exige cuidado, porque no se trata de objetos sin significado, sino de los restos de personas que amaron, trabajaron, educaron y formaron parte de la vida cotidiana de quienes hoy regresan a visitarlas.
“Desde hace muchos años conocemos esta tradición y sabemos que debemos hacerla con mucho respeto. Cuando llegamos al cementerio, limpiamos cuidadosamente los huesitos, les quitamos el polvo y les ponemos su pañito limpio. Es algo que hacemos con cariño, porque son nuestros familiares y, aunque ya no estén físicamente con nosotros, siguen formando parte de nuestra vida”, relata.
En ese encuentro con los restos aparecen las historias que las familias se cuentan una y otra vez: las palabras de una abuela, los consejos de un padre, las ocurrencias de un abuelo o los momentos felices que todavía provocan una sonrisa. Así, el cementerio deja de ser solamente un lugar de despedida para convertirse en un espacio de memoria compartida.
Justina también piensa en los nietos que observan con curiosidad y preguntan por qué se realiza esta labor. Para ella, esas preguntas son oportunidades para transmitir la herencia cultural de Pomuch y evitar que el paso del tiempo borre las costumbres de sus mayores.
“Cuando estamos aquí, nos acordamos de cómo eran, de las cosas que nos decían y de los momentos que compartimos con ellos. A veces vienen los nietos y nos preguntan por qué hacemos esto, y es cuando les explicamos que así nos enseñaron nuestros mayores. Queremos que ellos también continúen con esta costumbre y que nunca olviden de dónde venimos”, expresa.
En esa enseñanza se encuentra quizá la mayor fortaleza del Cho’o Ba’ak: no solamente conserva una práctica funeraria, sino que mantiene unidas a las generaciones mediante el recuerdo, el respeto y el sentido de pertenencia.
EL AMOR NO SE ENTIERRA
Margarita también regresa para limpiar los restos de sus familiares. En sus manos, la brocha se convierte en una herramienta de memoria; el paño limpio, en una expresión de cariño, y el tiempo dedicado a esta labor, en una manera de decirles a quienes partieron que no han sido olvidados.
“Para mí, venir a limpiar los huesitos de mis familiares significa demostrarles que no los hemos olvidado. Es una manera de mantener viva su memoria y de cumplir con una tradición que tiene mucho significado para las familias de Pomuch. Lo hacemos con cuidado, con respeto y con el cariño que siempre les tuvimos”, comparte.
Margarita sabe que la costumbre puede sorprender a quienes llegan por primera vez al cementerio. Para visitantes de otros lugares, la limpieza de los huesos puede resultar desconocida e incluso desconcertante. Pero para las familias de Pomuch, el ritual forma parte de su vida y de una manera particular de entender la relación entre la muerte, la memoria y los afectos.
Por eso considera importante que quienes se acerquen a conocer esta expresión cultural lo hagan con sensibilidad, sin burlas ni prejuicios, y comprendan que detrás de cada caja hay una familia que conserva una historia y unos sentimientos que merecen respeto.
“Hay personas que vienen de otros lugares y se sorprenden cuando ven lo que hacemos, porque en otros sitios no tienen esta costumbre. Pero para nosotros es algo natural, porque crecimos viéndolo en nuestras familias. Lo importante es que la gente entienda que no se trata de algo malo ni de tenerle miedo a la muerte, sino de honrar a nuestros seres queridos y conservar nuestras tradiciones”, señala.
Su mensaje es también una invitación a mirar más allá de lo evidente. Porque, antes de convertir esta práctica en una curiosidad turística, es necesario reconocerla como una manifestación íntima de amor familiar y como parte de la identidad de una comunidad maya que ha defendido sus costumbres a través del tiempo.
TRADICIÓN ANCESTRAL
El origen exacto de la limpieza de los santos restos no cuenta con una fecha definitiva. Sin embargo, especialistas han relacionado esta práctica con antiguas concepciones de la cultura maya, que con el paso de los siglos convivieron con elementos de la tradición católica y las costumbres funerarias de la época colonial.
Uno de los antecedentes históricos más citados se encuentra en un documento del archivo parroquial de Hecelchakán, que hace referencia a una misa cantada durante la limpieza de los Santos Restos en 1836. El registro permite establecer que la costumbre ya existía en el siglo XIX, aunque su origen podría ser anterior.
A lo largo de los años, la práctica ha enfrentado cambios sociales y cuestionamientos, incluidos intentos de restringirla por motivos sanitarios durante el siglo XX. Sin embargo, las familias continuaron transmitiendo los conocimientos necesarios para realizarla, preservando una tradición que hoy distingue culturalmente a Pomuch.
El procedimiento se realiza con paciencia y siguiendo las costumbres familiares. La primera limpieza suele llevarse a cabo después de aproximadamente tres años del fallecimiento, aunque el momento depende de las condiciones de los restos y de los procedimientos funerarios aplicables. Después, los familiares regresan cada año para retirar el polvo, acomodar cuidadosamente los huesos y renovar la tela que los cubre.
Los paños, generalmente blancos, pueden llevar bordados de flores, cruces, nombres o iniciales. Algunos son elaborados por integrantes de las propias familias, que encuentran en cada puntada una oportunidad para expresar cariño y personalizar el homenaje. No son simples adornos: forman parte de una relación afectiva que se renueva con cada visita.
La dimensión espiritual también está presente. Oraciones, cruces, misas y celebraciones católicas conviven con la costumbre local, aunque la limpieza de los huesos no constituye un sacramento ni una obligación establecida por la Iglesia. Para algunas familias predomina el sentido religioso; para otras, el amor filial, la memoria y la responsabilidad hacia sus antepasados. Cada experiencia es distinta, pero el respeto permanece como un punto de encuentro.
DONDE LA MEMORIA FLORECE CADA OCTUBRE
Con la llegada del Janal Pixán, el cementerio de Pomuch se convierte en un espacio de encuentro entre generaciones. Regresan familiares que viven en otras localidades, se preparan los materiales para la limpieza y se renueva una costumbre que une la vida cotidiana con la memoria de quienes ya partieron.
La atención de los visitantes ha contribuido a dar reconocimiento cultural y turístico a esta práctica, pero su verdadero valor no depende de las cámaras ni de la cantidad de personas que acudan a observarla. Su esencia pertenece a las familias que la mantienen viva, a quienes enseñan a sus hijos cómo hacerlo y a quienes explican, con palabras sencillas, por qué nunca debe olvidarse a los seres queridos.
Preservarla exige documentar su historia, escuchar a sus protagonistas y respetar la privacidad de quienes realizan este ritual. También implica evitar que el dolor familiar se convierta en espectáculo y reconocer que la cultura maya no es una postal del pasado, sino una herencia viva que continúa transformándose sin perder sus raíces.
Al terminar la limpieza, los huesos regresan a sus cajas y los osarios quedan cubiertos con sus paños renovados. Afuera, el tiempo sigue su curso; dentro de cada familia, sin embargo, permanece la certeza de haber cumplido con un compromiso de amor.
En Pomuch, la muerte tiene otro rostro. No desaparece el dolor de la ausencia, pero el recuerdo encuentra un lugar donde descansar y, al mismo tiempo, seguir viviendo. En cada brocha que retira el polvo, en cada paño bordado y en cada historia que los abuelos cuentan a sus nietos, se revela una lección profundamente humana: nadie se marcha por completo mientras haya alguien dispuesto a recordar.
Y así, entre manos que cuidan los restos y corazones que conservan los afectos, Pomuch vuelve a demostrar que el amor puede atravesar el tiempo, que la memoria puede unir a los vivos con sus antepasados y que una tradición, cuando nace del respeto y se transmite con cariño, es capaz de sobrevivir a muchas generaciones.